Tinnitus

Rob Grow­ler

Tin­ni­tus es una enfer­me­dad. Tin­ni­tus es un soni­do que per­du­ra. Lo extra­ño es que en reali­dad nada está sonan­do. Es sólo un man­cha pare­ci­da a una mos­ca vis­ta de reojo. Es la per­tur­ba­ción antes de que el soni­do lle­gue. La tem­po­ra­li­dad de la psi­que enlo­que­cien­do nues­tro apa­ra­to.

Un tra­ta­mien­to ante el tin­ni­tus con­sis­te en escu­char una rega­de­ra duran­te seis horas, sin inte­rrup­ción, has­ta lograr que des­apa­rez­ca el soni­do que cree­mos per­ci­bir.

¿Se escu­cha aca­so el tin­ni­tus?

Tin­ni­tus son los her­tzios que deja­mos de per­ci­bir con el tiem­po, pero pare­cen pre­sen­tes. Qui­zá sólo son par­te de un pasa­do que no due­le.

¿Nos hemos depri­mi­do por todos los pun­tos hetrzios que ya no escu­cha­mos?

¿Dón­de que­da la ver­da­de­ra nos­tal­gia del cuer­po?

¿Dón­de que­dan las atmós­fe­ras per­di­das, los rechi­ni­dos de una cama de ace­ro, las cla­vi­jas, los inten­tos por que­rer decir algo en un len­gua­je que siem­pre ha sido pro­pio, a tra­vés del cual la reso­nan­cia es nos­tal­gia?

Tin­ni­tus debe tener una razón de ser. Un moti­vo que jus­ti­fi­que que se le lla­me enfer­me­dad, el males­tar de oír de for­ma per­ma­nen­te un soni­do. Todos hemos expe­ri­men­ta­do ese zum­bi­do. Todos hemos escu­cha­do el gran mun­do de los pun­tos her­tzios que vamos olvi­dan­do has­ta que for­man una cola­de­ra her­mo­sa de cosas inau­di­bles.

¿Dón­de están los pun­tos her­tzios de lo niños?

El tím­pano cica­tri­za. Se pro­du­ce tin­ni­tus.

Tin­ni­tus exis­te. Tin­ni­tus tie­ne su razón de ser. Es fácil decir que escu­chas algo cuan­do nada está sonan­do; es más facil enlo­que­cer­se cuan­do escu­chas algo que ni siquie­ra sue­na. El soni­do per­tur­ba lo que cono­ce­mos por soni­do.

Tin­ni­tus debe tener una razón de ser. Tin­ni­tus no es sólo un soni­do que no exis­te. Tin­ni­tus se tra­ta de poner en jue­go lo que creía­mos que es el soni­do.

Tin­ni­tus sue­na, has­ta cier­to pun­to, como el bra­zo ampu­tado que aún nos des­pier­ta sen­sa­cio­nes, esa cos­qui­lla que recuer­da lo que ya no exis­te.

Ésta es la mane­ra en la que se con­ci­be el cuer­po.

Tin­ni­tus es ofren­da. Ofren­da a los peda­zos per­di­dos, a los peda­zos que tam­bién lla­ma­mos soni­dos —que algu­na vez escu­cha­mos pero que no son recuer­dos.

¿La infan­cia está en los sabo­res o en los soni­dos? No lo sé. En cam­bio estoy con­ven­ci­do de que la vida adul­ta es la pér­di­da de eso, una extra­vío pro­fun­do que des­pier­ta la nos­tal­gia.

Per­der es ensor­de­cer­se.