Furia infernalis

La Furia infer­na­lis es un aire, un ade­mán del vien­to que con­ge­la al gana­do y los arbus­tos, un refle­jo en per­ma­nen­te movi­mien­to. Par­te de una sus­tan­cia tan­gi­ble. Es qui­zá la úni­ca espe­cie mito­ló­gi­ca que ha sido des­cri­ta taxo­nó­mi­ca­men­te: Car­los Lin­neo la cla­si­fi­có hacia fina­les de su vida.

Siem­pre se ha creí­do que exis­ten seres de aire que están vivos, pero la cien­cia no ha logra­do reco­no­cer­los como seres bio­ló­gi­cos ni cla­si­fi­car­los den­tro de la taxo­no­mía gene­ral de las espe­cies. No en vano Tales de Mile­to afir­ma­ba que todo lo que se mue­ve está vivo y tie­ne alma.

En reali­dad todo está en movi­mien­to, en acto o en poten­cia. Exis­ten fuer­zas gra­vi­ta­cio­na­les y, en ausen­cia de fuer­zas, el esta­do natu­ral de los cuer­pos es el movi­mien­to rec­ti­lí­neo uni­for­me. Sí, Tales de Mile­to: todo lo que exis­te tie­ne vida. “Todo está lleno de dio­ses”.

Hesio­do pen­sa­ba que todas las rocas, todos los árbo­les, las mon­ta­ñas, las cas­ca­das y el vien­to eran seres sagra­dos, ya que todos poseían almas: tam­bién para él todo esto esta­ba vivo. ¿Cómo sabe­mos que los remo­li­nos y hura­ca­nes son seres vivos? Por­que se mue­ven. Ni hablar del cie­lo y las estre­llas, mues­tra de lo que per­ma­ne­ce en movi­mien­to con­ti­nuo. No es extra­ño que para los grie­gos anti­guos los cua­tro vien­tos sean dio­ses o ánge­les. E inclu­so esto no es ajeno a la Biblia, a fin de cuen­tas, el dios del anti­guo tes­ta­men­to creó a Adán con un soplo divino.

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Para los tol­te­cas, los pun­tos car­di­na­les son feme­ni­nos: los cua­tro Atlan­tes de Tula repre­sen­tan las con­go­jas de los humo­res, esos seres de aire que recrean las emo­cio­nes duras. Al ver­los, no cabe duda de que el vien­to es furio­so y pare­cie­ra que las pul­sio­nes lo domi­nan.

Erwin Schrö­din­ger, en su libro titu­la­do ¿Qué es la vida?, defi­nió como ser vivo a todo aquel sis­te­ma que dis­mi­nu­ye su entro­pía inter­na al incre­men­tar la entro­pía de su medio ambien­te. Bajo esta defi­ni­ción, los remo­li­nos, tor­na­dos y hura­ca­nes son seres vivos. Sin embar­go, nadie se ha toma­do esto tan en serio como para estu­diar­los con méto­dos bio­ló­gi­cos.

Pen­se­mos enton­ces en lo sono­ro. Las ondas lon­gi­tu­di­na­les mecá­ni­cas (los soni­dos, los vien­tos y los terre­mo­tos) se cla­si­fi­can cien­tí­fi­ca­men­te, pero de mane­ra dis­tin­ta que los seres vivos: éstas son cua­li­ta­ti­vas y las de aque­llos cuan­ti­ta­ti­vas. Una cla­si­fi­ca­ción cua­li­ta­ti­va se basa en esen­cias y una cuan­ti­ta­ti­va en cifras (núme­ros). Esto nos arro­ja a una para­do­ja de dos mun­dos que pare­cie­ran dis­tin­tos: lo cua­li­ta­ti­vo y lo cuan­ti­ta­ti­vo. ¿Una esen­cia que inter­ac­túa? ¿Las grá­fi­cas en las piza­rras de las uni­ver­si­da­des son seres vivos? ¿Las espe­cies deben estar expues­tas al movi­mien­to?

Las notas musi­ca­les, por ejem­plo, son uni­da­des dis­cre­tas de fre­cuen­cia. Nos sir­ven para des­cri­bir soni­dos per­cep­ti­bles para el ser humano. A tra­vés de ellas pode­mos hablar sobre lo que escu­cha­mos mate­má­ti­ca­men­te de for­ma rela­ti­va­men­te sim­ple: con un peque­ño núme­ro de varia­bles se pue­de des­cri­bir un soni­do o acer­car­se a una onda lon­gi­tu­di­nal, se les nom­bra aque­llo que sue­na, a esa altu­ra deter­mi­na­da.

Pero los seres vivos se cla­si­fi­can cua­li­ta­ti­va­men­te.

Si el soni­do es, en cier­ta medi­da, un gla­mour de lo vivo, una for­ma en que se hace escu­char la esen­cia de una par­ti­cu­la­ri­dad, ¿no aca­so las espe­cies pecan de la mis­ma inju­ria?

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Los escan­di­na­vos afir­ma­ban que la Furia infer­na­lis era un ser vivo, a pesar de no ser tan­gi­ble. Lla­mé­mos­le un ser mito­ló­gi­co, una lom­briz hecha de aire, algo que se mue­ve como un vien­to por la atmós­fe­ra y ata­ca ver­te­bra­dos deján­do­se caer a gran velo­ci­dad como una fle­cha.

Nues­tro ser vivo-mito­ló­gi­co-pero-real entra en la gen­te y cau­sa infla­ma­ción y fie­bre, con­vi­ve con la mate­ria y se incre­pa en los espe­cí­me­nes más sagra­dos, como si qui­sie­ra decir­nos algo. Si siguié­ra­mos la visión de Lin­neo y su nece­si­dad de cla­si­fi­car­lo todo, ¿qué sería de noso­tros?

Lin­neo tuvo un encuen­tro con la Furia infer­na­lis en Lund. Y el natu­ra­lis­ta Daniel Solan­der, que via­jó al Pací­fi­co sur, acom­pa­ñan­do al excén­tri­co Joseph Banks como secre­ta­rio en una expe­di­ción cien­tí­fi­ca, tam­bién lo con­si­de­ra­ba real. Toda la infor­ma­ción sobre este fan­tas­ma fue reco­pi­la­da más recien­te­men­te por un inglés que hizo un via­je por Escan­di­na­via (De Cap­pell Broo­ke, A (1827). On rein-deer. Edin­burgh New Phi­lo­sop­hi­cal Jour­nal 3: 30–43).

El aire y el soni­do via­jan por el mis­mo medio y el espa­cio es su hábi­tat. El vien­to es silen­cio­so a menos que cho­que con algún obs­tácu­lo, ya sea una arbo­le­da, un sopli­do que esca­pa por una ven­ta­na, una pla­ca de níquel ondu­la­da. Y es ahí, en ese tro­pie­zo de mate­ria­les, uno liviano y de vaho, el otro duro y ter­co, don­de nace una nue­va espe­cie: el soni­do que se vuel­ve cla­si­fi­ca­ble, el orden de los vien­tos entor­pe­ci­dos.