Estática del derrumbe

Sig­nos vacíos, de Emi­lio Hino­jo­sa Carrión

Pri­me­ro la aler­ta sís­mi­ca. Era casi hora de comer en la ofi­ci­na de Ori­za­ba y Coli­ma y la maña­na había segui­do su cur­so nor­mal, fue­ra del simu­la­cro un par de horas antes que no había movi­do a nadie de su lugar. La segun­da aler­ta tam­po­co nos inquie­tó, has­ta que el gol­pe de las compu­tado­ras sobre la mesa nos obli­gó a poner aten­ción. Soni­dos como ése o el baran­dal de la esca­le­ra cru­jien­do, sopor­tan­do las manos de todos, tie­nen ese efec­to: uno te lle­va a otro y a otro y des­pués no hay mane­ra de dejar de escu­char.

Lue­go las pare­des ven­ci­das, las ora­cio­nes. Nos reuni­mos en el patio inte­rior a escu­char al edi­fi­cio cru­jir, como retor­cién­do­se, para­li­za­dos. Cuan­do se abrie­ron las pri­me­ras grie­tas y de ellas salió humo, la seño­ra que esta­ba para­da jun­to a mí me tomó del bra­zo y empe­zó a rezar. Padre nues­tro que estás en el cie­lo, san­ti­fi­ca­do sea tu nom­bre; ven­ga a noso­tros tu reino; hága­se tu volun­tad en la tie­rra como en el cie­lo. Padre nues­tro que estás en el cie­lo, san­ti­fi­ca­do sea tu nom­bre; ven­ga a noso­tros tu reino; hága­se tu volun­tad en la tie­rra como en el cie­lo. Padre nues­tro que estás en el cie­lo, san­ti­fi­ca­do sea tu nom­bre; ven­ga a noso­tros tu reino; hága­se tu volun­tad en la tie­rra como en el cie­lo. Repe­tía esos frag­men­tos una y otra vez, has­ta que empe­cé a hacer­lo con ella (no recuer­do si en voz alta o en mi men­te, pero da lo mis­mo: los repe­tí).

Casi inme­dia­ta­men­te des­pués, las patru­llas, los heli­cóp­te­ros, la gen­te gri­tan­do. Reco­rrí en bici­cle­ta la dis­tan­cia entre la ofi­ci­na y mi casa, de la Roma a Nápo­les, pen­san­do sola­men­te en mi perra muer­ta deba­jo de los enor­mes libre­ros de made­ra que nun­ca tuve el cui­da­do de empo­trar a la pared. Ima­gi­na­ba qué libros la esta­rían cubrien­do mien­tras avan­za­ba entre gen­te heri­da de mane­ras más reales y urgen­tes. Había muchí­si­mo rui­do pero yo no escu­ché nada has­ta que lle­gué a mi edi­fi­cio tem­blan­do tan­to que no podía sos­te­ner la bici­cle­ta para sacar mi lla­ve.

Final­men­te las noti­cias, los men­sa­jes de Whatsapp, los videos que la gen­te iba com­par­tien­do en redes socia­les. Todo eso tam­bién fue, a su mane­ra, rui­do: la está­ti­ca de la tra­ge­dia. Yo, que no soy una per­so­na exce­si­va­men­te fija­da en lo que escu­cho, recuer­do el terre­mo­to por sus soni­dos. Si cie­rro los ojos, el 19-S se con­vier­te en pare­des rechi­nan­do, padres nues­tros, libre­ros cayen­do. En la voz de mis ami­gos, la res­pi­ra­ción viva de mi perra, las patru­llas que no daban tre­gua. Y sobre ese telón de fon­do, la gen­te pidien­do silen­cio para bus­car entre los escom­bros. El silen­cio tam­bién fue rui­do duran­te esos días, que fue­ron un mis­mo día repe­ti­do que por momen­tos dura toda­vía.