¿Es posible leer en silencio?

Retra­to de Agus­tín de Hipo­na, toma­do del libro de Walla­ce Wood, “The hun­dred grea­test men; por­traits of the one hun­dred grea­test men of his­tory repro­du­ced from fine and rare steel engra­vings” (1885)

1

La pri­me­ra vez que Agus­tín de Hipo­na visi­tó al obis­po Ambro­sio en Milán, en 383 d. C., lo encon­tró leyen­do en silen­cio. La prác­ti­ca le sor­pren­dió, al menos, lo sufi­cien­te como para men­cio­nar­la en sus Con­fe­sio­nes: «sus ojos reco­rrían las pági­nas y su cora­zón enten­día el men­sa­je, pero su voz y su len­gua se que­da­ban quie­tas».

Leer en silen­cio, tan común para noso­tros, era enton­ces una excen­tri­ci­dad: la lec­tu­ra se hacía nor­mal­men­te en voz alta y el tex­to escri­to era con más fre­cuen­cia una acti­vi­dad colec­ti­va que un acto en soli­ta­rio.

2

Mi mamá me leía un cuen­to en voz alta cada noche. Recuer­do algu­nos títu­los: Con un raton­ci­to, Iván el ton­to, Cosas fas­ci­nan­tes de los ani­ma­les y, con­for­me iba cre­cien­do, libros para niños gran­des (así lo decía ella, mien­tras forra­ba los libros tor­pe­men­te con papel de chi­na; y me encan­ta­ba).

Pero en algún momen­to me abu­rrió escu­char­la o hice como que me abu­rría: los cuen­tos para dor­mir eran para bebés y yo ya podía leer muy bien de corri­di­to. Orgu­llo­sa de mi super­po­der recién adqui­ri­do, anda­ba con un libro para todos lados.

Cuan­do nadie me esta­ba vien­do, leía en voz alta.

Más o menos por enton­ces mi papá empe­zó a reunir a sus hijos alre­de­dor de la mesa fami­liar para pedir­nos a cada uno que reci­tá­ra­mos un poe­ma de memo­ria. Al final nos aplau­día, feliz. En ese tiem­po apren­dí y olvi­dé muchos poe­mas, algu­nos de ellos cur­sí­si­mos como los José Zori­lla o Sal­va­dor Díaz Mirón, otros más poten­tes como If, de Kipling, o aquel en el que Bor­ges se dis­cul­pa con sus padres por no haber teni­do una vida feliz.

3

Tal vez la pala­bra escri­ta no se con­vier­te en soni­do, es soni­do.

4

En su his­to­ria de la lec­tu­ra, Alber­to Man­guel habla de una teo­ría del psi­có­lo­go Julian Jay­nes, según la cual los ejem­plos más tem­pra­nos del com­ple­jo fenó­meno que hoy lla­ma­mos lec­tu­ra pue­den haber sido per­cep­cio­nes audi­ti­vas más que visua­les.

Leer, dice, fue algu­na vez tan pare­ci­do a escu­char que, en una espe­cie de alu­ci­na­ción acús­ti­ca, uno podía oír las pala­bras al mirar los sím­bo­los que las repre­sen­tan.

5

Serán las noches que mi mamá me arru­lló con pala­bras en voz alta o las comi­das alre­de­dor de la gran mesa escu­chan­do a mis her­ma­nos; será tal vez la bru­tal extin­ción de las voces ama­das o la apa­ri­ción recien­te de otras nue­vas, pero la lec­tu­ra en voz alta sigue sien­do uno de los mayo­res actos de amor en los que pue­do pen­sar.

6

Vol­vien­do a san Agus­tín: según algu­nos aca­dé­mi­cos, como James Fen­ton o Myles Burn­yeat, es fal­so que en la anti­güe­dad sola­men­te se acos­tum­bra­ra a leer en voz alta. Un mito que dis­fru­ta­mos creer­nos, como tan­tos otros, a pesar de que hay muchí­si­ma evi­den­cia que apun­ta a lo con­tra­rio.

Pue­de ser que ten­gan razón y leer en silen­cio haya sido cos­tum­bre des­de que la lec­tu­ra es cos­tum­bre, pero tam­bién podría­mos pen­sar­lo de otro modo: la lec­tu­ra en silen­cio no exis­te ni ha exis­ti­do nun­ca por­que has­ta en las habi­ta­cio­nes más quie­tas, en las biblio­te­cas y salo­nes de cla­ses más estric­tos, en los rin­co­nes más remo­tos, resue­na siem­pre la voz inte­rior.

7

Aun­que se lea con los ojos, dice Alfon­so Reyes, la ore­ja, la larin­ge y la len­gua per­ci­ben inte­rior­men­te una reper­cu­sión foné­ti­ca en las secuen­cias ver­ba­les, un movi­mien­to, un rit­mo.

«Las pala­bras son sig­nos de soni­dos» y no hay sali­da, leer un tex­to es con­ver­tir­lo en soni­do, habla­do o ima­gi­na­do.

8

Emi­lio no sólo lee en voz alta, lee con el cuer­po ente­ro: hace voces, ges­ti­cu­la, can­ta, agi­ta los bra­zos, se levan­ta, da un vuel­ta, se sien­ta como chino y se vuel­ve a acos­tar.

Hace algu­na sema­nas saca­mos del libre­ro Muer­te en la rua Augus­ta y lo leí­mos de prin­ci­pio a fin. Nos tar­da­mos dos horas, de algún modo, pero de otro modo esa lec­tu­ra sigue y sigue y no va a ter­mi­nar nun­ca.

9

La voz es mucho más que el soni­do en ella: escu­char es una for­ma de con­tac­to, una mane­ra de mirar y oler y pro­bar. Por eso, dice Pizar­nik, «cada pala­bra dice lo que dice y ade­más más y otra cosa».

10

Leer en voz alta es tocar el cuer­po del otro sin acer­car­se a él.