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«Ni el gri­to de un pája­ro atra­ve­sa­ba el silen­cio omi­no­so»

Estas pala­bras per­te­ne­cen al libro Oku no Hoso­mi­chi, del poe­ta japo­nés Bas­ho. Las escri­bió duran­te su via­je por el mon­te Ohya­ma para dar cuen­ta de un momen­to de peli­gro. Invo­lu­cran uno de los momen­tos pri­vi­le­gia­dos para per­ci­bir las ten­sio­nes que yacen en la expe­rien­cia aural.

Cuan­do el pai­sa­je que vemos no es con­fir­ma­do por lo que escu­cha­mos, se abre una ten­sión expec­tan­te, como si el silen­cio fue­ra una for­ma de poner a la reali­dad bajo pre­sión. El silen­cio rela­ti­vo modi­fi­ca pro­fun­da­men­te nues­tro flu­jo per­cep­ti­vo y logra poner entre parén­te­sis el mun­do.

El soni­do nos des­nu­da; el silen­cio nos vuel­ve vul­ne­ra­bles.

Ilus­tra­ción del tra­ta­do médi­co Kis­hitsu ger­yō zukan de Hanao­ka, Seis­hū (1760–1835)