Los loros no hablan

 

Me pre­gun­té si era posi­ble olvi­dar los días de la sema­na, jugar con ellos, cam­biar su orden, alte­rar su sig­ni­fi­ca­do. Cuan­do repi­tes una pala­bra muchas veces deja de tener sen­ti­do y es sólo soni­do, sin embar­go, pasa­dos unos segun­dos, la pala­bra vuel­ve a car­gar­se de sig­ni­fi­ca­do y cuchi­llo es cuchi­llo y raíz es raíz.

Era un lunes y fui al avia­rio. Había dos loros. Dije la pala­bra “lunes” muchas veces en voz alta para que alguno de los pája­ros escu­cha­ra y con suer­te repi­tie­ra la pala­bra. No pasó. Me fui al tra­ba­jo. El mar­tes regre­sé al avia­rio. Vol­ví a decir “lunes” varias veces y des­pués “mar­tes”. Escu­ché “mar­tes” del pico de uno de los loros. Me emo­cio­né y el loro y yo repe­ti­mos la pala­bra algu­nas veces.

Pasa­ron las sema­nas: de lunes a vier­nes antes del tra­ba­jo iba una hora y media al avia­rio. “lunes” “mar­tes” y “sába­do” fue­ron los más sona­dos, segui­do de “miér­co­les y “vier­nes”. “Domin­go” a penas se escu­chó una vez. Fue algo pare­ci­do a “…min­go”. Logré gra­bar­lo.

Duran­te un poco más de un mes el loro acom­pa­ñó mi jor­na­da labo­ral. En don­de ambos repe­tía­mos los días de la sema­na (como si hubie­ra días fue­ra de la sema­na, me pre­gun­ta­ba). El orden de la vida coti­dia­na: el tiem­po de tra­ba­jo, de des­can­so, de ocio, de trans­por­te, de comi­das, etcé­te­ra, sis­te­ma­ti­za­do y estruc­tu­ra­do a par­tir de la repe­ti­ción que pare­ce infi­ni­ta de cada día, en don­de no hay sor­pre­sa: des­pués del domin­go vie­ne el lunes.

Sin embar­go los loros no hablan, los loros repi­ten, los loros imi­tan. Los días de la sema­na no tie­nen sen­ti­do para un loro. Hay algo de espe­ran­za en eso, creo.