Apuntes para la fetichización del silencio

Foto: Phi­lipp Duemc­ke

Has­ta hace poco vivía en otra ciu­dad —al nor­te, muy al nor­te, dema­sia­do—. Duran­te seis meses al año, las ven­ta­nas de mi depar­ta­men­to esta­ban cerra­das, sin excep­ción ni tre­gua: era un edi­fi­cio vie­jo y el hie­lo blo­quea­ba los meca­nis­mos para abrir­las. Las tem­pe­ra­tu­ras bajo cero, las llu­vias, las hela­das y neva­das entre noviem­bre y abril —a veces mayo— hacían impo­si­ble la comu­nión de espa­cios: afue­ra, la intem­pe­rie géli­da; aden­tro, un refu­gio. La fron­te­ra entre ambos pedía ser infran­quea­ble: doble vidrio empa­ña­do o con escar­cha. Era, pues, una casa sor­da, con pisos de made­ra.

Duran­te seis meses segui­dos, sin inte­rrup­cio­nes, sólo escu­cha­ba el cru­jir de la due­la, los ires y veni­res de los rato­nes al inte­rior de las pare­des, el agua lle­nan­do los radia­do­res de la cale­fac­ción cen­tral —vetus­tos arma­tos­tes de fie­rro pin­ta­do que des­can­sa­ban jun­to a los muros—. El soni­do era algo que suce­día aden­tro. Como cuan­do uno sumer­ge la cabe­za en una tina y escu­cha sólo su pro­pio movi­mien­to, el flu­jo de la san­gre, las oscu­ras vís­ce­ras pal­pi­tan­do en su len­to pero segu­ro tro­te hacia la tum­ba.

Casa y cuer­po, en esas con­di­cio­nes, inter­pre­ta­ban una espe­cie de coreo­gra­fía en espe­jo. El run­rún de las tube­rías des­pe­re­zán­do­se me obli­ga­ba a vol­ver el oído hacia mi apa­ra­to diges­ti­vo —len­to como mula len­ta, entor­pe­ci­do por la quie­tud de todo—. El tac tac de la llu­via hela­da —ni gra­ni­zo ni nie­ve: pun­to medio— me ponía los ner­vios de pun­ta, como se dice: ner­vios de for­mas pun­zan­tes como los carám­ba­nos de la igle­sia al otro lado de la calle. Las pati­tas de los roe­do­res escar­ban­do sona­ban como algo tur­bio que habi­ta­ba en mí y bus­ca­ba salir por algún sitio. Y así con todo. Rei­na­ba, podría decir­se, una inquie­tan­te armo­nía.

Una vez al día me for­za­ba a salir de casa, para cami­nar un poco. Las ban­que­tas, bor­dea­das de nie­ve a un cos­ta­do y otro, se con­ver­tían en vere­das agres­tes. Los ros­tros adus­tos de los pea­to­nes, enmar­ca­dos de ropa has­ta las cejas mis­mas, pasa­ban como fan­tas­mas: las pisa­das de los otros no se oían; sólo mis pro­pios pasos, crack crack, api­so­nan­do el hie­lo, mol­dean­do la hue­lla fría que la nevis­ca borra­ría pron­to. Y los niños acol­cha­dos, arras­tra­dos en tri­neos por aque­llos sen­de­ros inver­na­les como tira­nos minia­tu­ra de una tun­dra muy cívi­ca —mon­go­les tími­dos que susu­rra­ban órde­nes a sus caba­llos, hunos gen­ti­les sobre los cami­nos níveos—, no gri­ta­ban ape­nas.

Así, cada tar­de cami­na­ba has­ta el café de siem­pre, arque­tí­pi­ca­men­te lla­ma­do Club Social, don­de el voce­río roman­ce de los ita­lia­nos me res­ti­tuía de pron­to un sen­ti­do de la escu­cha, un rumor año­ra­do, a medias fami­liar pero tam­bién extra­ño: pala­bras defor­ma­das por siglos y migra­cio­nes, car­ca­ja­das lati­nas que se alia­ban con aulli­dos anglos, capu­chi­nos pedi­dos a gri­tos en un fran­cés maca­rró­ni­co, de voca­les dobla­das sobre sí mis­mas —voca­les aho­ga­das por el peso plúm­beo de la pin­che nie­ve—. A veces allí, en el Club Social de la calle St. Via­teur, me sen­ta­ba a calen­tar­me un rato, rodea­do por un rui­do pun­tual y has­ta un poco pre­vi­si­ble, pero rui­do al fin, que a medias reem­pla­za­ba el sol inexis­ten­te de fines de diciem­bre.

Lue­go, de regre­so a mi casa —cas­ca­rón insó­li­to, inso­no­ri­za­do casi— me dete­nía en la pana­de­ría de los jasí­di­cos, que se que­ja­ban en yid­dish por sus celu­la­res y pedían de mala for­ma una doce­na de ruge­lachs a la depen­dien­ta chi­na que les des­pa­cha­ba.

De noche, el soni­do de las gigan­tes­cas máqui­nas qui­ta­nie­ves irrum­pía a veces en mis sue­ños, atra­ve­san­do los dobles cris­ta­les, como un recuer­do difu­so pero toda­vía reco­no­ci­ble: piti­dos, moto­res, crash crash, palas metá­li­cas con­tra el asfal­to frío.

La pri­ma­ve­ra no era el gol­pe de dicha que nos ense­ñan las cari­ca­tu­ras. Más bien un flu­jo cons­tan­te de líqui­dos, un len­to goteo: la vida conec­ta­da al sue­ro del des­hie­lo. En la azo­tea se reac­ti­va­ban ríos intra­mu­ros, desagües súbi­ta­men­te vivos que cana­li­za­ban el agua des­de los altos teja­dos has­ta la yer­ma tie­rra. Los carám­ba­nos de la igle­sia, pling pling, iban per­dien­do for­ma has­ta ser un char­co mugrien­to del que bebían las pri­me­ras ardi­llas, mate­ria­li­za­das de pron­to sobre las ban­que­tas.

Las con­ver­sa­cio­nes tam­bién, de algu­na mane­ra, se des­con­ge­la­ban; en la calle se oían impre­ca­cio­nes polí­glo­tas y el sal­pi­car de los coches entre ese loda­zal negruz­co que en inglés lla­man, con una ono­ma­to­pe­ya fan­tás­ti­ca, slush.

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Regre­sar a vivir a la Ciu­dad de Méxi­co ha sido, sobre todo, vol­ver a un rui­do que no por cono­ci­do resul­ta más dis­cre­to. No es una tran­si­ción sen­ci­lla. Las pri­me­ras noches me des­per­té cada media hora, sor­pren­di­do por el aulli­do de un perro vecino, el paso de un heli­cóp­te­ro, la con­ver­sa­ción de dos per­so­nas jun­to al ele­va­dor de mi edi­fi­cio. A las 3 am, pun­tual­men­te, una segui­di­lla de avio­nes en des­cen­so me des­per­ta­ba. A veces, resig­na­do a la inte­rrup­ción del sue­ño, cami­na­ba has­ta el bal­cón de este sép­ti­mo piso y a lo lejos escu­cha­ba el motor de los camio­nes sobre el Eje, las sire­nas, una fies­ta que no cedía un par de pisos más aba­jo. Este tra­jín cons­tan­te del que no es posi­ble ais­lar­se lle­ga­ba a enlo­que­cer­me.

Al cabo de un par de días me hice con un paque­te de tapo­nes para los oídos, que me sir­vie­ron al menos para alcan­zar el esta­do de sue­ño pro­fun­do. En el Metro­bús me habi­tué a lle­var siem­pre los audí­fo­nos pues­tos, inclu­so si no sona­ba nada a tra­vés de ellos, para ensor­de­cer un poco a la ciu­dad, que alcan­za nive­les noci­vos de intro­mi­sión sóni­ca. En el café don­de me sen­ta­ba a tra­ba­jar me afi­cio­né a escu­char rui­do blan­co median­te una apli­ca­ción que des­car­gué en el telé­fono, para blo­quear las bacha­tas de las boci­nas y las con­ver­sa­cio­nes de los comen­sa­les.

A ese pri­mer momen­to de tra­tar de blo­quear el rui­do, recién des­em­bar­ca­do en la Ciu­dad de Méxi­co, le siguió otro de expe­ri­men­tar con sus muchas posi­bi­li­da­des. Me afi­cio­né a un pod­cast sobre pai­sa­jes sono­ros urba­nos que dedi­ca un epi­so­dio a cada ciu­dad, de modo que un día me vi atra­ve­san­do el Par­que Hun­di­do mien­tras escu­cha­ba los pre­go­nes de Nue­va Deli. La fisu­ra que se abrió entre el soni­do de una ciu­dad y la visión de otra me per­mi­tió des­pués recu­pe­rar cier­ta sor­pre­sa con res­pec­to a la músi­ca del DF.

«Ano­che ha veni­do el gran gato gris de mi infan­cia. Le he con­ta­do que me hos­ti­li­za el rui­do», escri­be Di Bene­det­to en El silen­cie­ro. El piti­do dis­tan­te del camo­te­ro, des­pués de escu­char un pro­gra­ma de una hora dedi­ca­do al pai­sa­je sono­ro de Copen­ha­gue, me pare­ció de pron­to, ¿cómo decir­lo?, exó­ti­co, y sólo median­te esa exoti­za­ción se me hizo sopor­ta­ble la hos­ti­li­dad de la que habla el narra­dor de Di Bene­det­to.

Qui­zás no haya más que asu­mir el rui­do, dar­le una bien­ve­ni­da resig­na­da o bus­car­le el flan­co impro­ba­ble, como cuan­do se apren­de a aca­ri­ciar a un ani­mal en el lugar del lomo que más la satis­fa­ce.

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No digo que haya recon­ci­lia­ción com­ple­ta, pero sí un reco­no­ci­mien­to táci­to: las ciu­da­des vivas hablan, aúllan, se rom­pen toda la noche en un estré­pi­to de vidrios. Sus habi­tan­tes pode­mos agi­tar­nos de rabia e impo­ten­cia, com­prar los más sofis­ti­ca­dos tapo­nes para oídos, o pode­mos inven­tar un silen­cio a la medi­da de nues­tras posi­bi­li­da­des en una cama, con la almoha­da sobre la cara, o cerran­do los ojos en la rega­de­ra, o en la oscu­ri­dad de un cuar­to, o fren­te a una ven­ta­na, para des­cu­brir que otros nos miran des­de ven­ta­nas idén­ti­cas, al otro lado de la ave­ni­da.

En The Sounds­ca­pe, el libro que acu­ñó el tér­mino el «pai­sa­je sono­ro», R. Murray Scha­fer habla de la nece­si­dad de recu­pe­rar un con­cep­to posi­ti­vo del silen­cio: «Si abri­ga­mos la espe­ran­za de mejo­rar el dise­ño acús­ti­co del mun­do, sólo rea­li­za­re­mos esta aspi­ra­ción tras recu­pe­rar el silen­cio como un esta­do posi­ti­vo en nues­tras vidas. Aca­lla el rui­do de la men­te: esa es la pri­me­ra tarea; todo lo demás lle­ga­rá en su debi­do tiem­po».

En Silen­ce in the age of noi­se, el explo­ra­dor norue­go Erling Kag­ge (el pri­mer ser humano que alcan­zó el polo Sur, el polo Nor­te y la cima del Eve­rest, y a quien cono­cí una tar­de en el húme­do calor del aero­puer­to de Mede­llín), rela­ta un expe­ri­men­to lle­va­do a cabo por las uni­ver­si­da­des de Har­vard y Vir­gi­nia: a un gru­po de gen­te se le dio la posi­bi­li­dad de que­dar­se calla­dos, sen­ta­dos en un cuar­to vacío y sin dis­trac­cio­nes, o bien reci­bir dolo­ro­sas des­car­gas eléc­tri­cas. Casi la mitad de los par­ti­ci­pan­tes eli­gió la des­car­ga eléc­tri­ca antes que guar­dar silen­cio duran­te un rato.

Me pre­gun­to si yo hubie­ra for­ma­do par­te del gru­po maso­quis­ta, eli­gien­do la des­car­ga eléc­tri­ca, o del gru­po silen­cio­so y medi­ta­ti­vo. Hace unos meses, duran­te el lar­go invierno del nor­te, hubie­ra res­pon­di­do sin dudar un ins­tan­te que pre­fe­ría el silen­cio. Hoy no lo ten­go tan cla­ro.

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Todas las téc­ni­cas de medi­ta­ción hablan de la impor­tan­cia de la res­pi­ra­ción para «aca­llar el rui­do de la men­te». El pro­ble­ma es que en cada lugar se res­pi­ra de una mane­ra dis­tin­ta. Yo nací en esta ciu­dad rui­do­sa y no apren­dí a res­pi­rar bien inme­dia­ta­men­te. Me metie­ron en una incu­ba­do­ra y des­pués de unas horas en obser­va­ción los doc­to­res deci­die­ron que ya apren­de­ría solo y me man­da­ron a casa. Pero no apren­dí solo. En la escue­la se me olvi­da­ba res­pi­rar correc­ta­men­te. El asma me lle­vó a otra ciu­dad, más cáli­da, con menor alti­tud, más calla­da enton­ces —y qui­zás tam­bién aho­ra—. Y en cada ciu­dad don­de he vivi­do —entre el gri­te­río madri­le­ño o en la muy calla­da ciu­dad del nor­te de la que hablé antes— he teni­do que apren­der a res­pi­rar de nue­vo. Pero en la Ciu­dad de Méxi­co no ter­mino de apren­der nun­ca. Reten­go el aire un minu­to ente­ro y lue­go reso­plo agi­ta­da­men­te, tomo tres o cua­tro boca­na­das gran­des y des­pués otra vez en vilo, con­te­nien­do la res­pi­ra­ción sin dar­me cuen­ta. Soy, un poco, como alguien que no sabe nadar, sólo que fue­ra del agua.

Este rit­mo entre­cor­ta­do con el que res­pi­ro hace un soni­do pro­pio del que pier­do cons­cien­cia. A veces, mien­tras leo, mi espo­sa me dice «estás res­pi­ran­do muy fuer­te» y enton­ces cai­go en cuen­ta de que estoy hacien­do muchí­si­mo rui­do, res­pi­ran­do como un perro que tie­ne pesa­di­llas o como un cer­do que alguien inten­ta des­pla­zar a empe­llo­nes. No una res­pi­ra­ción cons­tan­te que devie­ne, en la hip­no­sis de la lec­tu­ra, zum­bi­do, sino una res­pi­ra­ción con pri­sa, que tro­pie­za y se atas­ca y gene­ra una músi­ca delez­na­ble.

Ésa es la músi­ca de que estoy vivo.

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En la ciu­dad del nor­te, del dema­sia­do nor­te, res­pi­ra­ba dis­tin­to, como si todo fue­ra a lle­gar a mí aun­que no hicie­ra nada —como si el aire, ay, no fal­ta­ra nun­ca, ni siquie­ra en aquel depar­ta­men­to cerra­do al vacío—. Mi res­pi­ra­ción era un dis­po­si­ti­vo incon­sú­til y ajeno, como las cons­te­la­cio­nes. Me trans­por­ta­ba de un lado a otro como un auto­mó­vil inte­li­gen­te. Aquí, en cam­bio, pare­ce que con­duz­co una poda­do­ra, una máqui­na sucia de tos­cas bugías que pue­de cor­tar­te una mano si te des­cui­das.

Mi silen­cio es una bur­bu­ja al inte­rior de esa máqui­na (fan­tas­ma en ella); una bur­bu­ja que flo­ta y sobre­vi­ve mila­gro­sa­men­te, a pun­to de reven­tar­se siem­pre con­tra el metal herrum­bro­so.