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En uno de los pri­me­ros poe­mas de Hue­sos de sepia —escri­to en su mayor par­te entre 1920 y 1925, fecha de su publi­ca­ción— Euge­nio Mon­ta­le escri­be:

Mejor si la alga­za­ra de los pája­ros
engu­lli­da por el azul se apa­ga;
más cla­ro se oye el susu­rro
de las ramas ami­gas en el aire que can­sino se mue­ve.

Estos ver­sos reco­gen uno de los ins­tan­tes aura­les más sin­gu­la­res. Me refie­ro a aque­llos en que enmu­de­ce aque­llo que espe­rá­ba­mos per­ci­bir. Ésta es una expe­rien­cia análo­ga a ver una ima­gen de la que se ha sus­traí­do su pre­sen­cia cen­tral. Encon­trar­se con un hue­co don­de debía yacer un cuer­po; un camino obli­te­ra­do ahí don­de debía aguar­dar­nos lo abier­to.

Cuan­do esto ocu­rre, todo lo minúscu­lo que nos rodea cobra énfa­sis y adquie­re una nue­va dimen­sión. La hue­lla de una ausen­cia sono­ra, habi­tual­men­te pre­pon­de­ran­te, per­mi­te con­du­cir nues­tra aten­ción a un uni­ver­so más peque­ño, susu­rran­te, inme­dia­to. Inclu­so pri­ma­rio. Pero que, jus­to por ese mis­mo moti­vo, ter­mi­na des­li­zán­do­se has­ta ocu­par un sitio imba­ti­ble. Se tra­ta, en pala­bras del pro­pio Mon­ta­le, de «este silen­cio en que las cosas / se aban­do­nan y pró­xi­mas pare­cen / a trai­cio­nar su últi­mo secre­to».

Ilus­tra­ción del estu­dio De huma­na phy­siog­no­mo­nia libri IIII, de Giam­bat­tis­ta della Por­ta (1535–1615)