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	<title>Jorge Solís Arenazas - Vanosonoro</title>
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	<description>Plataforma dedicada al sonido y las experiencias de escucha.</description>
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	<title>Jorge Solís Arenazas - Vanosonoro</title>
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		<title>Debussy en Yakarta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Jun 2021 02:25:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En 1903 el compositor Claude Debussy escribió una carta a su editor. En ella dice que no tiene dinero para emprender los viajes que tanto deseaba, pero aclara de paso que eso no importa, pues para eso tiene la imaginación… Por lo general, esta frase no pasaría de ser un vano consuelo sentimental. Pero Debussy [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_815" aria-describedby="caption-attachment-815" style="width: 600px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" loading="lazy" class="wp-image-815 size-full" src="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2021/06/Walter-Spies.jpeg?_t=1624933722" alt width="600" height="539"><figcaption id="caption-attachment-815" class="wp-caption-text">Walter Spies, “Joven balinesa bailarina de legong”, Bedulu, 1936</figcaption></figure>
<p><iframe loading="lazy" title="Debussy en Yakarta (Jorge Solís Arenazas) by Vano Sonoro" width="1140" height="400" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?visual=true&amp;url=https%3A%2F%2Fapi.soundcloud.com%2Ftracks%2F1068595405&amp;show_artwork=true&amp;maxwidth=1140&amp;maxheight=1000&amp;dnt=1"></iframe></p>
<p>En 1903 el compositor Claude Debussy escribió una carta a su editor. En ella dice que no tiene dinero para emprender los viajes que tanto deseaba, pero aclara de paso que eso no importa, pues para eso tiene la imaginación…</p>
<p>Por lo general, esta frase no pasaría de ser un vano consuelo sentimental. Pero Debussy ya había dado muestras de poder asimilar creativamente culturas que le eran ajenas y de las que conocía muy poco. Bastará recordar la noche de 1889, cuando escuchó a los músicos balineses de gamelan que tocaron durante la Exposición Universal de París. Aquella ocasión Debussy experimentó una auténtica revelación sonora, que repercutió en todo su lenguaje pianístico posterior. Su manejo del timbre y el uso de los colores en el teclado no se entienden del todo si no se toma en cuenta la perdurable influencia que los músicos de Indonesia tuvieron en su obra. El encuentro fue tan decisivo y afortunado que no es exagerado asumir que ese episodio es la piedra de toque de toda la música europea en el siglo XX.</p>
<p>Hace tiempo me puse a escuchar con insistencia los dos primeros libros de los <em>Preludios</em> de Debussy. E inevitablemente hubo momentos en que la música pasaba a segundo plano, en especial cuando salía momentáneamente del estudio y sólo se escuchaban notas lejanas o resonancias prolongadas. Esto fue para mí un feliz accidente, pues una de las características más notorias de la música de gamelan es que su duración se extiende durante horas y horas, de tal manera que quienes la escuchan de pronto dejan de atender la música y se van a comer, a rezar, a dormir o a hacer cualquier otra cosa… Las notas quedan flotando en segundo plano mientras la noche continúa.</p>
<p>Este pequeño accidente fue el punto de partida para <em>Debussy en Yakarta</em>, una pieza breve en la que únicamente utilicé algunos fragmentos del libro primero de los <em>Preludios</em> (en la versión de Paul Crossley), con procesamiento electrónico, y varios <em>samplers</em> de los instrumentos percusivos que integran el gamelan (<em>reyong, pot, kantiel, gangsa</em> y <em>jegog</em>), los cuales fui pasando por distintos pedales de guitarra, con la intención de volver a hacer explícitos algunos materiales que no han dejado de dialogar desde hace más de ciento treinta años.</p>
<h6>Composición, mezcla y masterización: Jorge Solís Arenazas</h6>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Bitácora de Gotemburgo #1</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Mar 2021 04:39:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Otras piezas]]></category>
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					<description><![CDATA[Con excepción de algunos periodos, he consumido con regularidad LSD desde que tenía unos quince años. Suelo hacerlo con tal frecuencia que desde hace varios años opté por renunciar a las gotas individuales en pequeños papeles y, en cambio, consigo goteros completos, con centenares de dosis. Por esta razón, alguna vez uno de mis amigos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_764" aria-describedby="caption-attachment-764" style="width: 510px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" loading="lazy" class="size-medium wp-image-764" src="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2021/03/Coreomanía-510x650.jpg" alt width="510" height="650" srcset="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2021/03/Coreomanía-510x650.jpg 510w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2021/03/Coreomanía-803x1024.jpg 803w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2021/03/Coreomanía-768x979.jpg 768w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2021/03/Coreomanía.jpg 1200w" sizes="(max-width: 510px) 100vw, 510px"><figcaption id="caption-attachment-764" class="wp-caption-text">Hendrick Hondius, “Coreomanía en una peregrinación a la Iglesia de Sint-Jans-Molenbeek” (a partir de un dibujo de Pieter Brueghel el Viejo).</figcaption></figure>
<p><iframe loading="lazy" title="Bitácora de Gotemburgo #1 by Vano Sonoro" width="1140" height="400" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?visual=true&amp;url=https%3A%2F%2Fapi.soundcloud.com%2Ftracks%2F1011361006&amp;show_artwork=true&amp;maxwidth=1140&amp;maxheight=1000&amp;dnt=1"></iframe></p>
<p>Con excepción de algunos periodos, he consumido con regularidad LSD desde que tenía unos quince años. Suelo hacerlo con tal frecuencia que desde hace varios años opté por renunciar a las gotas individuales en pequeños papeles y, en cambio, consigo goteros completos, con centenares de dosis. Por esta razón, alguna vez uno de mis amigos me dijo en broma que me la pasaba todo el tiempo «de visita en Gotemburgo». La frase me pareció estupenda para describir mis sesiones con ácido, así que la adopté sin miramientos.</p>
<p>En estos viajes a Gotemburgo, nada era más frecuente que dejarme arrastrar al laberinto de la escucha. Puedo decir, sin titubear, que mi temperamento como psiconauta está forjado básicamente por conexiones con la dimensión sonora (¿por qué dudé al escribir «conexiones dionisiacas», si ése es justo el adjetivo que mejor conviene, pese a lo ampuloso que parezca?).</p>
<p>En mis viajes con ácido, a veces simplemente me quedo escuchando algo en particular. No siempre es música. Puede tratarse, por ejemplo, de alguna grabación de campo no necesariamente atractiva: el rechinido de una puerta, el arrullo de una regadera, una conversación captada al vuelo en la calle, los monstruosos organilleros del Centro Histórico de la Ciudad de México…</p>
<p>Una vez que los estados alterados quedan atrás, siempre me llaman la atención ciertas huellas recurrentes en mi forma de escuchar: mi fascinación por las estructuras repetitivas, mi predilección por ciertos rangos de hertzios, mi preferencia por sonidos que están relacionados con mis espacios cotidianos, pero que no siempre son reconocibles de inmediato.</p>
<p>Suelo pasar horas enteras (principalmente en las madrugadas) escuchando mis archivos con mucha insistencia, hasta que lo familiar me empieza a resultar extraño. Y entonces siento que tengo derecho a traicionar la «legibilidad» de esos sonidos. A partir de ese momento dichos sonidos funcionan como huellas ambiguas (aunque no siempre sepa de qué son rastros).</p>
<p>En cierto momento me di cuenta de que tenía una amplia colección con estos ejercicios, todos hechos bajos los efectos del LSD. Despertaron mi interés no tanto por cómo sonaban en lo individual, sino por el conjunto que formaban entre sí, y los agrupé en una carpeta llamada <em>Bitácora de Gotemburgo</em>.</p>
<p>Primero tomé la decisión de no cambiar nada. Quise que fueran el testimonio crudo de lo que escuché durante esos trances, sin importar el resultado. Más tarde me decidí por otra cosa: poder trabajar con ellos, ligeramente, a condición de que la segunda vuelta también fuera en ácido. Y que no hubiera terceras vueltas (más que para masterizar, comprobar amplitudes y digamos, cuestiones relacionadas con cierto andamiaje técnico).</p>
<p>La apuesta queda abierta. No sabría decir cuál es el valor o el interés de estos ejercicios. Pero en ese tipo de incertidumbres que nos regala el sonido descansan el poder y la magia de toda experiencia de escucha.</p>
<h6>Composición, mezcla y masterización: Jorge Solís Arenazas</h6>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Coral no. 1 para 26 voces infantiles</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vanosonoro]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Feb 2021 02:09:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Otras piezas]]></category>
		<category><![CDATA[Emilio Hinojosa Carrión]]></category>
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					<description><![CDATA[Esta pieza coral se realizó con el coro infantil de Altzayanca, Tlaxcala, como parte de una residencia que la Galería del Agua ofreció al equipo de Vano Sonoro en verano de 2019. (Se sugiere escuchar con monitores o audífonos). Agradecemos a Rafael Cázares y a los niños y niñas del coro de Altzayanca las facilidades [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><iframe loading="lazy" title="Coral n. 1 para 26 voces infantiles (Emilio Hinojosa Carrión &amp; Jorge Solís Arenazas) by Vano Sonoro" width="1140" height="400" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?visual=true&amp;url=https%3A%2F%2Fapi.soundcloud.com%2Ftracks%2F990883114&amp;show_artwork=true&amp;maxwidth=1140&amp;maxheight=1000&amp;dnt=1"></iframe></p>
<p>Esta pieza coral se realizó con el coro infantil de Altzayanca, Tlaxcala, como parte de una residencia que la Galería del Agua ofreció al equipo de Vano Sonoro en verano de 2019.</p>
<p>(Se sugiere escuchar con monitores o audífonos).</p>
<p>Agradecemos a Rafael Cázares y a los niños y niñas del coro de Altzayanca las facilidades y su cooperación para la realización de la pieza.</p>
<p>Concepto, mezcla, composición y procesamiento: Emilio Hijonosa Carrión y Jorge Solís Arenazas<br>
Grabación: Emilio Hinojosa Carrión<br>
Dirección y masterización: Jorge Solís Arenazas</p>
<h6>* Este texto fue escrito como parte de una residencia artística que la Galería del Agua de Altzayanca, en Tlaxcala, dirigida por Rafael Cázares, ofreció al equipo de Vano Sonoro en verano de&nbsp;2019</h6>
<h6>Crédito de imagen: Panel de un sarcófago romano, siglo III (Museo Vaticano)</h6>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Hacia los pájaros (Trilogía de los pájaros 1)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[vanosonoro]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Dec 2020 08:41:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Acusmática]]></category>
		<category><![CDATA[Emilio Hinojosa Carrión]]></category>
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					<description><![CDATA[Diseño sonoro y mezcla: Emilio Hinojosa Carrión y Jorge Solís Arenazas Locución: Jimena Hinojosa y Jorge Solís Arenazas Guión: Jorge Solís Arenazas Grabación: Emilio Hinojosa Carrión Masterización: Jorge Solís Arenazas Grabado en los estudios de somus, en la Ciudad de México, entre 2019 y 2020. Se sugiere escuchar con audífonos o, si es posible, con [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><iframe loading="lazy" title="Hacia los pájaros (Emilio Hinojosa Carrión y Jorge Solís Arenazas) by Vano Sonoro" width="1140" height="400" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?visual=true&amp;url=https%3A%2F%2Fapi.soundcloud.com%2Ftracks%2F938586913&amp;show_artwork=true&amp;maxwidth=1140&amp;maxheight=1000&amp;dnt=1"></iframe></p>
<h6>Diseño sonoro y mezcla: Emilio Hinojosa Carrión y Jorge Solís Arenazas<br>
Locución: Jimena Hinojosa y Jorge Solís Arenazas<br>
Guión: Jorge Solís Arenazas<br>
Grabación: Emilio Hinojosa Carrión<br>
Masterización: Jorge Solís Arenazas<br>
Grabado en los estudios de somus, en la Ciudad de México, entre 2019 y 2020.</h6>
<p>Se sugiere escuchar con audífonos o, si es posible, con monitores de audio.</p>
<p>Este documental sonoro es la primera parte de la «Trilogía de los pájaros». Para su realización se emplearon algunos fragmentos de <em>Catalogue d’Oiseaux</em>, de Olivier Messiaen, interpretados por Anatol Ugorski y Roger Muraro. También se ocuparon pistas de las silbadoras Sybil Sanderson Fagan, Sara Lula McClellan y Margaret McKee, recogidas por Canary Records.</p>
<figure id="attachment_681" aria-describedby="caption-attachment-681" style="width: 650px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" loading="lazy" class="size-medium wp-image-681" src="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2020/12/Braque-650x430.jpg" alt width="650" height="430" srcset="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2020/12/Braque-650x430.jpg 650w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2020/12/Braque-1024x677.jpg 1024w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2020/12/Braque-768x508.jpg 768w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2020/12/Braque-1536x1016.jpg 1536w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2020/12/Braque-2048x1355.jpg 2048w" sizes="(max-width: 650px) 100vw, 650px"><figcaption id="caption-attachment-681" class="wp-caption-text">George Braque, Oiseaux traversant un nuage (Oiseaux IV),<br>1957</figcaption></figure>
<p>*Nota: el fragmento sobre Jimmie Durham fue tomado (con algunas adaptaciones) de un ensayo aparecido en el libro <em>Alberca vacía</em>, de Isabel Zapata; y el fragmento final sobre Anapoima fue escrito por Emilio Hinojosa Carrión.</p>
<p><em>Un agradecimiento especial a Guillermo Calvillo por su apoyo con la locución</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Los pliegues de la voz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Nov 2018 08:40:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Otros textos]]></category>
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					<description><![CDATA[1 Según una narración de los bosquimanos, en la profundidad del bosque una mantis finge su muerte. Para lograrlo, transforma su cuerpo en el de un antílope; su propósito es ser encontrada por los niños que se internan para recolectar frutos. Cuando la ven, toman sus cuchillos de piedra y la mutilan, sin adivinar siquiera [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>1</strong></p>
<p><img decoding="async" loading="lazy" class="alignright size-medium wp-image-444" src="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/11/hildegard_von_bingen-man-445x650.jpg" alt width="445" height="650" srcset="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/11/hildegard_von_bingen-man-445x650.jpg 445w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/11/hildegard_von_bingen-man.jpg 541w" sizes="(max-width: 445px) 100vw, 445px">Según una narración de los bosquimanos, en la profundidad del bosque una mantis finge su muerte. Para lograrlo, transforma su cuerpo en el de un antílope; su propósito es ser encontrada por los niños que se internan para recolectar frutos. Cuando la ven, toman sus cuchillos de piedra y la mutilan, sin adivinar siquiera que están frente a un insecto; engañados, continúan su camino llevando a cuestas los restos del cadáver, hasta que en cierto momento escuchan la voz de la mantis, quien recupera la unidad original de su cuerpo, agita sus brazos y finalmente los persigue.</p>
<p>Con independencia del sentido particular de esta leyenda, perteneciente al vasto campo de los ritos de iniciación, importa subrayar el papel de la voz como punto de retorno a la forma primigenia. Huella de apariencia inmaterial, mediación primaria con el mundo, la palabra pronunciada —o el sonido vago que le antecede u ocupa su lugar— es lo único que se mantiene, a despecho de las mutaciones. Refleja aquello que permanece en cada ser. Ocurre algo similar en una antigua tradición china, en la cual se enfatiza la importancia del llanto de un recién nacido como signo del temple que tendrá el resto de su vida. Los primeros gritos de un humano revelan ya la totalidad de su música interna, elemento indeleble cuya raíz no es histórica, sino mágica, en la medida en que no ha sido forjada por las circunstancias.</p>
<p>Para los mismos bosquimanos, las mujeres vírgenes poseen un poder singular. Si durante su primer ciclo menstrual miran fijamente a los hombres, éstos se transforman en árboles. El dato no es menor si se recuerda que la mantis ha sido considerada por varias culturas como el único insecto capaz de dirigir y sostener la mirada, pues al igual que los humanos puede rotar su cabeza; además, los bosquimanos perciben en la mantis la manifestación de una potencia creadora (<em>Cagn</em>) asociada con lo femenino. Y en sus relatos acerca de las doncellas vírgenes añaden un matiz determinante que no conviene olvidar: aquellos hombres que sucumben a la metamorfosis y terminan convertidos en árboles no pierden su voz. Al igual que en el paso del cuerpo de la mantis al del antílope, la voz se conserva como depositaria de la identidad.</p>
<p><strong>2</strong></p>
<p>Acaso lo único capaz de rivalizar con la voz, en tanto elemento identitario, sea el rostro. Y sin embargo, el momento de su aparición no pertenece a los orígenes. La hendidura que genera en la conciencia es tardía, si consideramos que nuestro primer contacto con el mundo es aural. Antes de ver, tocar o percibir cualquier aroma, antes incluso de haber nacido, durante el desarrollo de la vida amniótica, escuchamos hablar al mismo cuerpo que habitamos, y ese sonido resulta «absoluto e inmotivado», como recuerda Walt Murch —creador del término «diseño sonoro» en el ámbito cinematográfico—. De ahí que la presencia vocal sea la piedra de toque de nuestra memoria y la anunciación del contacto con otros cuerpos. Emmanuel Lévinas afirmaba que el encuentro con el rostro del otro —no «otro yo», precisa, sino «otro que yo»— era una epifanía, pero resultaría más exacto atribuir dicho momento a la escucha de su palabra.</p>
<p>A menudo la voz ha sido considerada una extensión del rostro, el cual no se reduce a la corporalidad individual, sino que establece lazos comunitarios, contactos religiosos y vínculos políticos. En Sumeria, por ejemplo, el príncipe Gudea encomendó a su imagen para que hablara en su nombre con el dios Ningirsu. Y en Roma los escudos y las efigies no sólo representaban al emperador, sino que encarnaban su poder y legitimidad ahí donde el César estaba ausente. Quienes los portaban eran sus <em>voceros</em>, es decir, se convertían literalmente en su voz.</p>
<p>Una insignia política que no va acompañada de un elemento vocal capaz de multiplicar sus alcances sólo es un elemento impotente en un altar; fuera del recoveco donde yace, su fuerza se disipa. No es casualidad que Pol Pot, quien estudió ingeniería radiofónica durante su juventud en Francia, fuera quizá el único tirano del siglo xx reacio a cultivar la adoración a su propia imagen. Bajo su régimen no proliferaron retratos gloriosos ni monumentos celebratorios. En cambio, brindaba un estatus privilegiado a los discursos que transmitía por radio, mientras sus jemeres rojos masacraban a la población de Kampuchea.</p>
<p>El radio también fue el medio elegido por el emperador Hiroito para informar la capitulación de Japón en la Segunda Guerra Mundial, mediante un mensaje de poco más de cuatro minutos emitido el 15 de agosto de 1945. Así lo testimonia Michiko Hachiya en su diario, un documento que Elias Canetti consideraba ahíto de «precisión, ternura y responsabilidad»:</p>
<blockquote><p>A los pocos minutos la radio comenzó a zumbar y a emitir ruidos estrepitosos de interferencias. Hasta nosotros llegó una voz indefinida que sólo de vez en cuando oíamos con claridad. Por mi parte, apenas alcancé a entender una frase, algo así como «tolerar lo intolerable»; después las interferencias cesaron, pero entonces la transmisión había terminado.</p></blockquote>
<p>La radiofonía no fue el único factor para expandir las dimensiones del fenómeno vocal durante el siglo xx, pero quizá puede considerarse el medio que hizo más evidente dicho cambio. Con él, nuestra vida empezó a transcurrir al interior de una red de voces, y por primera vez en la historia se abrió la puerta para que los entornos electrónicos transfiguraran las concepciones dominantes del espacio y el tiempo, con lo que nuestros rangos de percepción se vieron alterados profundamente. Se clausuraba, de esta forma, el mundo mecánico que solíamos habitar y desde ese momento todo se desarrolló dentro del espacio acústico. La única ruta posible consistió en soñar, amar, aburrirnos y morir en aquel frenético círculo totalizador que Peter Sloterdijk ha llamado la «sonoesfera», cuya dinámica consiste en atraer «a los suyos como hacia el interior de un globo terráqueo psicoacústico».</p>
<p>La telefonía móvil y las redes digitales exacerbaron estas rupturas a tal grado que los rastros vocales encarnaron una nueva omnipresencia. Las voces dejaron de ser eventos acústicos que sucedían en un espacio determinado; ellas se convirtieron en el espacio. Como ha cartografiado con horror Paul Virilio, la espacialidad fue anulada —o por lo menos puesta en crisis— gracias a la aceleración del tiempo. Ahora se experimenta como un residuo. Acaso el único espacio que nos queda es un cúmulo vocal en gran medida indiferenciado, del cual resulta imposible sustraernos.</p>
<p>En 1992, el músico y escultor sonoro inglés Robin Rimbaud (<em>aka </em>Scanner) comenzó <em>Trilogy for Ash, </em>una serie de piezas que captan el oleaje de voces intermitentes de las calles. Para ello instaló un sistema de escaneo que registraba las llamadas de los teléfonos móviles, de donde extraía su materia acústica, poniendo de relieve el papel de los mecanismos de control y vigilancia en las sociedades que supuestamente abrazan los credos del liberalismo y la exaltación de los derechos individuales.</p>
<p>Los montajes finales de las piezas de Rimbaud ponen en juego materialmente una intuición esotérica presente desde Pitágoras hasta Athanasius Kircher. Expresada con múltiples rostros, ésta remite siempre a la «música de las esferas», salvo que en este caso se apoya en la noción de conflicto antes que en la de armonía. Y el papel de Rimbaud coincide con el que Simplicio de Cilicia le atribuía a Pitágoras: liberar ciertas condiciones de los «cuerpos terrestres» y crear las condiciones de escucha para esos sonidos. La aleatoriedad de los mensajes apunta a una forma de audición en la que resulta imposible situarse fuera de la superficie. Los nuevos paisajes urbanos encuentran su eje en las conversaciones fragmentarias y yuxtapuestas, lo paradójico es que cuanto más profusas son esas conversaciones anulan con mayor énfasis la posibilidad de romper nuestro aislamiento.</p>
<p><strong>3</strong></p>
<p>A causa de su condición circular, la voz encierra su propia negación. Al ser engullida en un tejido permanente, su particularidad es borrada, abandona la trama del significado y sobrevive únicamente por su materialidad acústica.</p>
<p>Nada lo muestra de forma más palmaria que <em>I am sitting in a room</em>, la pieza que Alvin Lucier realizó en 1969. El punto de partida de esta obra mixta —para voz, micrófono y dos cintas— consiste en la grabación del siguiente texto:</p>
<blockquote><p>I am sitting in a room different from the one you are in now. I am recording the sound of my speaking voice and I am going to play it back into the room again and again until the resonant frequencies of the room reinforce themselves so that any semblance of my speech, with perhaps the exception of rhytm, is destroyed. What you will hear, then, are the natural resonant frequencies of the room articulated by speech. I regard this activity not so much as a demostration of a physical fact, but, more as a way to smooth out any irregularities my speech might have.</p>
<p>[Estoy sentado en una habitación distinta de la que tú estás ahora. Estoy grabando el sonido de mi propia voz hablando y lo reproduciré una y otra vez hasta que las frecuencias resonantes de la habitación se amplifiquen a sí mismas, de tal manera que los rasgos de mi habla, exceptuando quizá el ritmo, serán destruidos. Lo que tú escucharás son las frecuencias resonantes propias de la habitación articuladas por el habla. Considero que esta actividad no es tanto la demostración de un acto físico sino un modo de eliminar cualquier irregularidad de mi habla.]</p></blockquote>
<p>Las acciones descritas se repiten treinta y dos veces consecutivas en dos dispositivos que van alternándose; al leer, el intérprete juega con la pronunciación de ciertas sílabas, de tal manera que sus cualidades plásticas y sonoras generan accidentes conforme las grabaciones avanzan. Paulatinamente, las palabras desmiembran su sentido hasta tornarse irreconocibles y dan pie a una pequeña construcción aleatoria en la que pueden distinguirse ciertas pautas melódicas con sus referencias tonales. Más adelante éstas también se descomponen gracias a la repetición. El proceso es similar a un vórtice que culmina en un espectro resonante cuya piedra de toque es la erosión del lenguaje.</p>
<p><em>I am sitting in a room</em> opera mediante una forma que se disuelve a fuerza de reiterarse. La voz humana va sepultándose a sí misma: sus irregularidades y accidentes —rastros de la condición de Lucier como tartamudo— entran en una continua metamorfosis. Al final no quedan más que sus huellas sonoras. La grabación electrónica añade sus contingencias; el habla se despoja de su poder referencial para desaparecer en medio de una reverberación cada vez más acentuada. Si al inicio la voz interactúa con las condiciones acústicas de la habitación, luego se desintegra y lo que se escucha es el espacio con sus ondulaciones.</p>
<p>«Hemos estado tan preocupados con el lenguaje —declaró Lucier— que se nos ha olvidado que el sonido fluye por el espacio y lo ocupa».</p>
<p><strong>4</strong></p>
<p>La voz es una frontera. Comunica los testimonios más inmediatos de nuestras vivencias sensitivas con aquello que es menos tangible. En los conjuros y los rituales mágicos suelen emplearse sonidos guturales y se articulan los nombres de espíritus o tótems para convocarlos, apaciguarlos o ejercer control sobre ellos. Los reyes, curanderos y sacerdotes polinesios pueden crear un tabú temporal sobre alguien por el simple hecho de nombrarlo; sus brujos (<em>tahutatus</em>) son capaces de robar el alma de las personas a través de cánticos y maldiciones. Y ellos mismos se transforman en un tabú silente al morir, cuando se les deja al pie de un árbol, se les encierra en un hipogeo o se coloca su cuerpo en una canoa para que las aguas los conduzcan a su nueva morada. Al languidecer, devienen en «voces apagadas».</p>
<p>Bajo formas secularizadas, estas prácticas no son desconocidas en la era moderna. Con sus dinámicas de transferencia basadas en el acto de verbalización, el psicoanálisis ejemplifica la persistencia de estas intuiciones. La voz moviliza tanto la maquinaria de construcción del sentido como lo que habita en otras zonas que no son susceptibles de traducción lógica; zonas cuanto más significativas por ser refractarias a la esfera del discurso.</p>
<p>En sus estadías por distintas regiones del noreste africano, Marius Schneider escuchó relatos que dan cuenta de las permanentes interacciones entre ambas caras de la realidad. Junto con la sombra, los reflejos y el ritmo de los movimientos, la voz conforma una especie de cuerpo <em>neumático</em>. Por ello no es insólito que sea el eje de dichas narraciones. En una de ellas, un negro agni llamado Qasi le explica a Schneider que el método más efectivo para la cacería consiste en encantar al animal imitando la voz de su espíritu. Esto genera que aquel se perciba a sí mismo, en particular a su nariz, como si estuviera frente a su reflejo en el agua y, entonces, deja de resistirse. El propio espíritu del cazador, de acuerdo con esta perspectiva, adopta la forma de una sombra o de una <em>imagen sonora</em> que surge del agua. Qasi advierte que, al descansar cerca de un río, es preciso cuidarse, pues el espíritu puede emerger cantando y atraernos hacia él. A su vez, el agua posee su propia voz y «canta siempre una melodía del otro mundo»; si no se la escucha continuará retumbando día y noche, hasta torturarnos.</p>
<p>La hora de la muerte también es señalada a través de cantos, cuando las personas escuchan su melodía personal, pero proferida por alguien o algo más, fuera de su cuerpo físico. «Por eso —culmina el informante de Schneider— es muy peligroso ir de noche cerca del agua (…). El agua canta siempre intensamente nuestra sombra».</p>
<p><strong>5</strong></p>
<p>La voz también es una fractura. Abre las puertas al peligro. En ella se cifran la ambigüedad y lo indescifrable. Éste es el caso de Elizabeth de Schönau, la benedictina del siglo xii que se entregaba a ejercicios de mortificación y ascetismo con tal ahínco que fueron necesarias las advertencias de otros religiosos para hacerle notar los riesgos de abandonarse a los extremos.</p>
<p>Al parecer, hacia 1152, cuando contaba con veintitrés o veinticuatro años de edad, comenzó a experimentar éxtasis, raptos y visiones, particularmente durante estados de duermevela. Le resultaba casi imposible retener mediante palabras aquello que había entrevisto y escuchado, y no cesaba de interrogarse sobre la naturaleza de tales apariciones, que bien podían ser «artificios del demonio». Aunada a esta incertidumbre, ella se esforzaba en guardar su secreto «por no parecer autora de novedades», según relata en una carta.</p>
<p>Su reticencia recuerda a la de Jerónimo de Estridón frente a la música, a la que le atribuía poderes corrosivos, no porque le causara repulsión, sino precisamente por su naturaleza seductora; si de algo estaba convencido era de que no sucede ninguna caída sin el preciso teatro de las tentaciones: la fascinación es el anverso de los peligros. Elizabeth sentía que su silencio era castigado por un ángel, que la azotaba con un látigo cinco veces y luego le ordenaba guardar silencio y prepararse para cumplir con el mandato recibido. La prueba que se le imponía consistía en transformar su identidad para convertirse en una voz.</p>
<p><strong>6</strong></p>
<p>Que la voz pueda ser una luz falsa, un «artificio del demonio», como sospechaba Elizabeth de Schönau, también es algo con lo que estamos familiarizados en siglos recientes. Basta pensar en lo sucedido con el escritor Mijaíl Búlgakov, quien pasó sus días reducido al silencio y fue humillado por los funcionarios soviéticos, quienes lo habían apartado de toda actividad literaria. Durante muchos años, Búlgakov mandaba con cierta regularidad cartas a Stalin, con la esperanza de poder reintegrarse a la sociedad como escritor; más tarde, deseaba que le permitieran abandonar el país y, cuando su desazón se agravó, rogó que al menos le brindaran la oportunidad de trabajar como vendedor en la taquilla de un teatro. Por única respuesta tuvo que conformarse con un silencio obstinado que terminó lacerándolo.</p>
<p>Una madrugada sonó el teléfono de su casa y él respondió alarmado. Sin mayor ceremonia, Stalin lo saludó con parquedad y le aclaró que estaba al tanto de todas sus peticiones. Acto seguido colgó el auricular y nunca más volvió a repetirse la comunicación.</p>
<p>El simple rastro de aquella voz constituía una amenaza y, aún más, un castigo. No operaba sólo como una advertencia; era un golpe. Cuando la voz del general soviético se desvaneció, en los nervios de Búlgakov quedó una grieta imposible de resarcir.</p>
<p>«Abre tu boca que yo la llenaré», se lee en uno de los Salmos. En el episodio descrito, el poder abre la boca para crear un vacío en la voz del otro; habla menos para comunicar algo que para sellar la posibilidad de alguna palabra por venir.</p>
<p><strong>7</strong></p>
<p>Con tan sólo tres años de edad, Hildegard von Bingen vio un resplandor estremecedor, del cual no pudo decir nada. Dicho momento traza el inicio de una vida marcada por la sabiduría visionaria que coincidió con los fragores de la guerra que la cristiandad europea, convocada por el papa Urbano II, emprendió contra los sarracenos.</p>
<p>Hildegard narra que, en 1141, a sus cuarenta y dos años, le fue dado el mandato de escribir después de ser tocada por una llama resplandeciente que, sin embargo, no la abrasaba. Azorada, al inicio rehúye la tarea, pero cae enferma y se sume en el silencio. Para recuperarse no tiene más opción que plasmar lo que se le revela, pero «no según la boca del hombre». A partir de ese momento construye su identidad como un «eco» de la palabra primigenia, de forma similar a como otros religiosos, en especial vetotestamentarios, eran llamados «bocas de Dios». La técnica de su escritura inicia en el mismo punto donde ella relativiza su esfera psíquica personal, ahí donde se permite ser desmembrada por el peso de los misterios para dar pie a otra voz que le brinda forma, la sostiene en vilo y excede sus fuerzas. Theoderich von Echternach, quien escribió su primera hagiografía, nos recuerda que Hildegard se describía a sí misma como <em>paupercula forma</em>, «una pluma suspendida en el aire que la mueve a su antojo».</p>
<p>Así se encamina por una dirección sumamente «improbable»: en lo profundo de la Edad Media, llega a ser una mujer a quien las autoridades eclesiásticas no pueden regatearle la legitimidad de su conocimiento; rompe una vida mocanal bajo el control de los hombres y funda su propia comunidad de mujeres; se vuelca sobre la escritura, que es irreductible a sus testimonios proféticos, lo que bastaría para despertar perplejidad, pues además de sus testimonios visionarios versa sobre materias como el cuerpo, la sexualidad —son memorables sus definiciones del orgasmo femenino—, la medicina, las propiedades de las piedras y el mundo animal; compone música y poemas, trabaja en las iluminaciones de sus manuscritos, ensaya una <em>lingua ignota</em>, viaja a ambos lados del Rhin, atiende a los enfermos, entabla un nutrido epistolario y, por si nada de esto bastara, posee la autoridad suficiente para reconvenir a los potentados si lo considera necesario (como hizo con Federico I, emperador del Sacro Imperio Germánico, que entró en cisma con los religiosos de Roma).</p>
<p>Sus primeras hierofanías están recopiladas en <em>Scivias</em>, escrito entre 1141 y 1151 aproximadamente. Durante este proceso, el espíritu le indica que debe salir del monasterio de Disibodenberg, donde entonces radicaba, y partir con otras dieciocho mujeres rumbo a Rupertsberg, cerca del Rhin, en la zona portuaria de Bingen. La noticia no es bien acogida por el abad Kuno ni los otros monjes, que se oponen, en particular uno llamado Arnold. Esta negativa tenaz provoca que Hildegard se identifique en el papel de Moisés frente al faraón, según se desprende de los textos del Génesis. Es curioso que ella no lleve esta analogía a un momento anterior, cuando la zarza ardiente envuelve a Moisés con su voz, lo despoja de sus rasgos psíquicos habituales y lo sume en una existencia llena de estremecimientos, dudas terribles y pruebas inhumanas.</p>
<p>De la secuela narrativa de su partida, importa un detalle. Debido a su resistencia al viaje de Hildegard con sus hermanas, el monje Arnold sufre convulsiones cuando se encuentra en un templo de Weilar y enferma de gravedad. Es en la boca donde anidan sus dolencias. Un tumor en la lengua le roba el habla y, al mismo tiempo, le impide mantener la boca cerrada. El sitio corporal que representa la ebullición luminosa para Hildegard es el que desgarra al monje. Él sólo experimenta alivio y puede librarse de la afasia una vez que admite que las mujeres construyan su nueva clausura en Bingen.</p>
<p>Que la voz sea el <em>locus</em> de las revelaciones no la exime de ser un territorio ambivalente. Recorrida por sus tensiones, cristalizando los dictados del misterio, acogiendo el estertor de las disputas, sometida a agitaciones proteicas, la voz es el núcleo de la experiencia de Hildegard von Bingen, quien entiende sus empeños como una vía que desemboca en su divisa sinestésica: «oír en verdadera luz».</p>
<p><strong>8</strong></p>
<p>Según una tradición, probablemente basada en una tragedia perdida de Esquilo, las ménades, presas de la <em>manía divina</em>, destrozaron el cuerpo de Orfeo. El silencio que dejaron tras de sí resultó agobiante. No puede definirse más que como un extravío, un hueco. Es el silencio <em>posterior</em> al canto: ahí donde una voz reunía los elementos de la realidad para encantarlos después sólo queda un desgarramiento.</p>
<p>Cuenta Virgilio que, mientras agonizaba, Orfeo seguía tañendo su lira, cada vez más débil, sin renunciar a decir por última vez el nombre de Eurídice. No es de extrañar que su gesto final consista en esmerarse en el canto cuando éste ya no es posible, en la medida en que el canto se nutre de las fracturas, las clausuras, las ausencias, las zonas donde la sensibilidad debe bordear sus propias astillas. Pero, al mismo tiempo, el canto es habitado por su capacidad de conjurar los dolores.</p>
<p>Detrás de los himnos, las plegarias, las constricciones, las exaltaciones festivas reside una voz que anhela «elevarse». Y la metáfora de «alzar la voz» ha persistido en el lenguaje político de nuestro tiempo, en ocasiones en aquellos grupos que identifican su vida periférica bajo la figura de quienes «no tienen voz». Mircea Eliade testimonia el caso de un chamán yakuto llamado Tüsput, quien a sus veinte años se sume en una condición mental de gravedad y posteriormente logra curarse a sí mismo a través del canto. La experiencia no representa un caso aislado, la voz es quizá la presencia fundamental en lo que Eliade llama las técnicas arcaicas del éxtasis, y es un componente fundamental de las experiencias mágicas y religiosas en un sentido más amplio. Baste pensar, por ejemplo, en el budismo de la Tierra Pura, de la vertiente Mahayana, cuya práctica central consiste en cantar el nombre del Buda Amitabha (<em>nembutsu</em>) como vía del despertar.</p>
<p><strong>9</strong></p>
<p>Al amparo de la tradición de Orfeo, quien se empeña en seguir cantando cuando su cuerpo está destrozado, en 1991 Bob Ostertag construyó una de sus piezas más dolorosas, <em>Sooner or Later</em>. Se basa en grabaciones de campo registradas en los años de la guerra sucia en Centroamérica, un proceso que el propio Ostertag cubrió con interés como periodista. Al inicio de la pieza, divida en dos partes, escuchamos a un niño salvadoreño con la voz rota y la respiración irregular, interrumpida por su llanto. Está frente a la tumba de su padre, a quien agentes de la Guardia Nacional acaban de acribillar.</p>
<blockquote><p>Papito chulo. ¡Malditos! Viendo a mi padre siento como que en el corazón tengo la bala, compañeros. Prefiero mejor morir por una lucha justa, compañeros, y no quedar de bandolero, compañeros. Mi padre me decía… él combatía… era un combatiente de este pueblo… me decía que yo no fuera tan despijo, que yo fuera… tuviera una creatividad y valor para llegar al final de un triunfo de los compañeros que queden o que quedemos. Ay, compañeros, yo [inaudible] esta sangre, tarde o temprano la voy a vengar.</p></blockquote>
<p>Junto con estas palabras desoladoras, en la pieza de Ostertag se alcanzan a percibir el zumbido de una mosca y los sonidos de las palas removiendo la tierra para cubrir el cuerpo del militante asesinado. Básicamente éste es todo el material empleado (con excepción del sampleo de un <em>riff</em> de guitarra de Fred Frith que dura sólo tres segundos y aparece en la segunda parte).</p>
<p>Ostertag renuncia a intervenir en demasía los parámetros de la grabación, que no presenta efectos ni procesamiento electrónico considerable (salvo modificaciones relativamente ligeras al <em>pitch</em>, juegos con la reverberación y los paneos, filtros, compresores y ecualización). Su estrategia es otra: divide el flujo natural de la voz y provoca que las palabras pierdan protagonismo frente a otros elementos que bordean todo discurso, como la respiración. Conforme avanza la pieza, cobran cuerpo los gemidos y las inflexiones, las inhalaciones y exhalaciones, los sonidos guturales que acompañan el llanto. Aquello que el niño dice se descompone en sílabas con las que se realiza un montaje basado en pequeñas unidades rítmicas. En la medida en que se alejan de la grabación original, resaltan con mayor dramatismo su raíz.</p>
<p>La voz se transforma en un objeto poderoso que desata su propio encubrimiento. Este simulacro inquietante es una respuesta ante el pasmo experimentado por la brutalidad que marcó la vida de aquellas comunidades en la década de los ochenta. Asimismo, es un testimonio del asombro de Ostertag por las singulares versiones de catolicismo politizado que encontró en la región. De acuerdo con sus propias palabras, le intrigaba esa perspectiva cultural que les permitía a los pobladores dotar a la muerte más cruda de un halo de heroísmo y asumir que sus caídos continuaban viviendo a través de la lucha.</p>
<p>Más allá de estas mediaciones discursivas, Ostertag se cuestiona si es posible encarnar alguna forma de belleza a partir del estrato más elemental que él recupera: el dolor del niño, las paladas del entierro, el vuelo de la mosca. Una belleza problemática e hiriente, por decir lo menos, que conserve la memoria del dolor personal y comunitario. Una belleza que, sin perderse en señuelos catárticos, pueda ser una forma de resistencia frente a lo que se desvanece. Que una vez aceptado el temible hecho de que no hay ninguna restitución posible, sea capaz de negar la escotomización y brindar posibilidades liberadoras, por más relativas e incipientes que pudieran resultar ante el filo de la realidad.</p>
<p>Quizá no exista forma de responder a estas interrogantes, pero señalar su urgencia tampoco es desdeñable. Tal vez por ahora basta la sugerencia, menos tímida de lo que pudiera pensarse, de que la voz es al mismo tiempo una materia, un entorno e incluso, bajo ciertas circunstancias, una técnica para desarticular los engranes que mantienen en pie cierto estado de cosas. Una palestra, un sortilegio y un arma. La intuición decisiva, en todo caso, es que sólo es posible construir un testimonio a partir de la desnudez de la voz.</p>
<p><em>Ciudad de México, julio de 2017</em></p>
<h6>Una versión de este ensayo, casi idéntica, fue publicada en verano de 2017 en la <i>Revista 404</i>&nbsp;del Centro de Cultura Digital.&nbsp;<a href="http://editorial.centroculturadigital.mx/revista404" target="_blank" rel="noopener noreferrer">http://editorial.centroculturadigital.mx/revista404</a></h6>
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		<title>Septiembre</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Karen Villeda y Jorge Solís Arenazas]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Sep 2018 02:13:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Otros textos]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></category>
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<p>A menudo creo que las fechas son únicamente signos vacíos, pero ¿cómo obviarlas en este caso? A pocas horas de que se cumpla un año, los recuerdos se vuelven más persistentes. El primer indicio, antes de los latigazos que pusieron todo entre paréntesis, fue un ligero crujido en las mamparas, los vidrios de la ventana y el techo. Era un sonido anómalo, pero no parecía tener mayor importancia. Lejos de disminuir, ese crepitar se volvió un signo inconcuso al que, pocos segundos después, se le sumaron voces. Tengo menos presente lo que decían que la alerta que exudaban. Y digo exudar con toda alevosía: la inquietud estaba lejos de ser una reacción mental ante la fragilidad, era una sustancia viscosa que se escapaba involuntariamente por la piel. Ese coro aterido me hizo levantarme de la silla y tratar de caminar hacia el vano de la puerta. Aunque no eran más que tres o cuatro pasos, avancé trabajosamente.</p>
<p>Intenté detenerme mientras escuchaba el llanto de una mujer. A partir de ese momento, surgió un hilo de sonidos que no han dejado de integrarse a esa zona poco definida de mi memoria. No sólo las referencias que el oído asocia de forma inmediata con estas circunstancias: los gritos y las alarmas, los rotomartillos rompiendo bloques de cemento, las exhalaciones de la gente en un esfuerzo compartido, las cubetas que regresaban vacías de mano en mano y, al chocar entre sí, se convertían en pequeñas cajas acústicas improvisadas; las sierras atravesando varillas, los armónicos producidos por el golpe de dos metales, el efecto Doppler de las sirenas, los megáfonos, las hélices moviendo el viento sobre nuestras cabezas, los intermitentes timbres telefónicos y la incesante repetición de ensalmos para tranquilizarnos.</p>
<p>Tampoco se trata únicamente de otras percepciones que tal vez nacieron del agotamiento, como el zumbido que me persiguió durante más de una semana, sin abdicar, subrayando la inestabilidad de todo, haciendo que cualquier cosa me resultara un evento distante. Por aquellos días, cuando alguien me preguntaba cómo estaba, prefería responder con gestos. El zumbido provocaba que mi propia voz, transformada por la resonancia de mi cráneo, se convirtiera en el mascullar de alguien (¿algo?) completamente ajeno.</p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p>He pensado mucho en lo que nos sucedió. Los meses posteriores al sismo soñaba con el momento <em>del sismo</em>. Era una pesadilla repetitiva que también rotaba. A veces yo me sentía más valiente soñando que en la vida real. Otras veces no aparecía temblando yo, de los pies a la cabeza. Antes del sismo, estaba pensando en cómo sería mi día. Escribiría (aunque ya estaba bastante atrasada). Suelo despertarme temprano y el 19 de septiembre del año pasado no fue así. Fui al gimnasio. Al banco. No sé qué hice primero pero pagué mi seguro médico. De regreso a la casa, sobre avenida Yucatán estaban haciendo el simulacro en honor al 85. Llegué al departamento cerca de la una de la tarde. Empecé a preparar mi ropa. Me bañaría. Antes, comería un poco. Prendí la estufa, puse la sartén. El pan estaba tostándose cuando sentí la primera oscilación. Mi reacción (basada en mis problemas de sordera) fue uno de mis habituales mareos debido a que no tenía puestos los aparatos auditivos. Leo, mi gato, fue la alarma perfecta. Maulló como nunca lo había hecho antes. Era prácticamente un alarido. Un sonido agudísimo que inauguró una serie de recuerdos para mis oídos: cómo se agrieta una pared, cómo se empieza a romper lo que parecía ser solido. <em>Lo aparentemente fuerte. Lo impasible</em>. Me acerco a la columna entre mi habitación y la de N. La naturaleza me embate. El cemento vertical me abraza por detrás. Siento una larga sacudida. <em>Aprieto tanto la mandíbula. Los dientes se me van a romper.</em> Mis hombros apenas pueden aferrarse al cuerpo. Siento que me voy a partir en dos. Rodará mi parte superior mientras mis piernas tiemblan. Tiembla afuera, tiembla adentro. La precisión es inexistente. Estoy en un cuarto piso. Es probable que me lastime intentando bajar las escaleras (si es que el sismo me permite dar un solo paso). El <em>roof garden</em> tampoco es opción porque podría salir volando. Literal. No puedo moverme mientras el resto se mueve demasiado. No puedo, no puedo, no puedo. Me inmovilizo completamente. Pienso que me voy a morir. Pienso en mi madre, en mi hermano. Pienso en mi hermano cuidando a mi madre, consolándola. Pienso en Leo. Ojalá alguien lo rescate y pueda seguir teniendo una vida feliz. <em>Yo ya no</em>. Lo que más recuerdo es ese sentimiento: <em>yo ya no.</em> La duración del evento no fue de tres minutos porque yo lo sigo sintiendo. Es como si lo llevara conmigo. Alguna vez escuché decir a una de mis maestras de poesía que el cuerpo no recuerda el dolor. Pero mi carne sí. Hay días en que lo sigo sintiendo. Siento que <em>yo ya no</em>.</p>
<p>Regreso casi al año al departamento. La sartén, el pan. Siguen ahí. Quemados. Las paredes con grietas. Siguen ahí. En la misma posición. Nuestras cosas. Lo compartido. En el lugar de siempre. Yo, ahí, parada. Sigo ahí. <em>Yo ya no. </em></p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<figure id="attachment_404" aria-describedby="caption-attachment-404" style="width: 500px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" loading="lazy" class=" wp-image-404" src="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/09/Sismo-variación1-650x497.jpg" alt width="500" height="382" srcset="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/09/Sismo-variación1-650x497.jpg 650w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/09/Sismo-variación1-768x587.jpg 768w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/09/Sismo-variación1-1024x782.jpg 1024w" sizes="(max-width: 500px) 100vw, 500px"><figcaption id="caption-attachment-404" class="wp-caption-text">Signos vacíos, de Emilio Hinojosa Carrión</figcaption></figure>
<p>Que el oído recuerde lo que por otras vías se nos escapa. En mi caso decir <em>ya no</em> también se convirtió en un juego de restituciones sonoras. Había llegado a ese departamento cuatro años atrás. Antes vivía en el mismo barrio, pero del otro lado, cruzando una avenida grande, y esa pequeña mudanza de medio kilómetro bastó para cambiar el mapa de lo que escuchaba al despertar.</p>
<p>En la vieja casa me acompañó por mucho tiempo el sonido de un ave que nunca logré identificar por más que pasé interminables horas tratando de reconocerla entre las frondas de los árboles. He buscado en guías ornitológicas de la ciudad sin mejor suerte. Se trata de un gorjeo grave y ligeramente opaco que insinúa un ritmo, pues se repite dos veces cada vez, con intervalos relativamente regulares. Al mudarme perdí ese canto y el tiempo transcurrido no borró la sensación de que algo me faltaba al empezar el día.</p>
<p>Cuando me quedé sin departamento me acogieron durante algunos meses al sur de la ciudad. La primera mañana en el nuevo sitio me sorprendió trayéndome de vuelta el sonido pareado de aquella ave que tanto echaba en falta. Durante unos breves instantes me sentí desconcertado por escucharlo otra vez y tuve que asomarme a la ventana para entender que estaba en otra parte, lejos de las calles que recorrí tantas veces y en ese momento estaban rotas. No intenté ver al ave que emitía esos llamados. Cerré los ojos con una ambivalente sensación de alivio. <em>Ya no</em> significaba <em>otra vez. </em></p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p>Pasaron esos ¿tres minutos? y comencé a moverme despacio. (Me) recogí lo que pude. Busqué a Leo para meterlo en su caja transportadora. Tomé mi laptop. Me cambié de ropa. Tomé fotos de las grietas. Salí. Todo esto lo hice como pude porque (aunque yo no me recuerdo así) estaba temblando de los pies a la cabeza. Me lo dijo una señora de alguna de las oficinas de los primeros dos pisos. Me senté en la banqueta. La colonia Roma era un caos. Me comuniqué con mi madre. Lloré un poco. Caminé hacia la Condesa. Estuve una hora —¿más o menos?— sin saber qué hacer. Regresé a Yucatán 69. Volví a subir. Todavía no entiendo porqué lo hice. ¿Por qué? Para terminar de convencerme de que me había quedado sin casa. Tomé alguna ropa mía y de N. Recuperé el otro aparato auditivo. (Ahora que escribo esto entiendo mi regreso: fui a buscar el otro aparato, sí). Salí nuevamente. Le pregunté a nuestro vecino si no pensaba irse. Me dijo que no. Un hombre mayor, resignado. Caminé de la Roma a la Nápoles. Llegué a la casa de Isabel, María y Aurelia. Recuerdo borroso. Leo asustado. Yo asustada. Sudorosa, asustada. Sudorosa, rojísima de la cara. De los brazos. Sudorosa, asustada, con polvo encima de mí. Sudorosa, desestructurada. Me vencí. <em>Yo ya no</em> estoy en casa pero sí.</p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p><em>Ya no estar</em> o ser asaltado por nuevos sonidos. <em>Sin casa</em> o encontrarse con cantos añejos. <em>Volver</em> como escuchar todo distinto. <em>Estar vencido</em>. Cuando pude entrar nuevamente, la acústica del lugar había cambiado. Las baldosas en el rellano se desprendieron, así que los ruidos eran menos reverberantes. La mayoría de paredes estaban quebradas o parcialmente vencidas, algunos vidrios se desprendieron o quedaron cuarteados y todos los muebles estaban en el piso, así que el espacio regresaba ecos distintos a los que me había habituado. Percibir eso me hizo saber que el espacio ya no era mío, eso fue una prueba más contundente que las cosas rotas, los restos irreconocibles en el suelo y el polvo que invadía todo con tenacidad.</p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p>No sé qué es <em>escuchar todo distinto</em>. Mi memoria auditiva está dañada desde que era niña. Pero recuerdo todos y cada uno los sonidos de esos tres minutos. A veces los vuelvo a escuchar. <em>Percibir eso me hace saber que ese espacio ya no </em>es<em> mío</em>. Regresé a Yucatán 69 varias veces. A ver cómo estaba por afuera. A ver cómo estaba por adentro. A ver. Incluso pregunté a las personas que iban por el rumbo cómo estaba Yucatán 69. Cuando regresamos por nuestras cosas, platiqué con él. Fueron dos días seguidos. La conversación se interrumpía en un ir y venir de cosas. ¿Nuestras cosas? <em>Ya nada de lo que había era nuestro. </em>Historias, cosas, ideas. Las ideas, las cosas, las historias. Nada a que llamar nuestro. ¿Qué era lo mío? Yucatán 69 resistiendo. Yucatán 69 guardando historias, cosas, ideas. <em>Volver </em>para desear no llevarme nada. Gracias, Yucatán 69, pero ¿ahora qué hago con todo esto?</p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p><em>¿Qué hacer con todo esto?</em> no puede tener otra respuesta más que aquella con la que hemos jugado en estos meses: insistir y escucharnos. Escucharnos sin respuesta. Insistir al aire. Jugar a que las cosas rotas pueden conjurarse si nos mandamos la onomatopeya de una vieja canción hasta el hartazgo. <em>No desear cargar con nada</em>, pero encontrarse con una voz al otro lado. <em>De aquello que era nuestro</em>, siempre y cuando una voz ajena aún pueda venir en medio de la noche.</p>
<p>En la madrugada las calles se borraron en una oscuridad tan densa que me costaba trabajo orientarme al caminar por ciertas zonas para ir de un edificio al otro. Algunos sonidos me ayudaron a ubicarme. Mientras atravesaba un camellón, mi teléfono se reestableció por un breve lapso y sentí que vibraba; cuando contesté, sólo alcancé a percibir un poco de ruido blanco, ese siseo electrónico enmascarando una voz. Nunca supe quién era. No pude descifrar las palabras que alguien articuló. Esas interferencias atenazan mi recuerdo como si hubieran sido una cercanía táctil. Otra insistencia. La canción con la que no dejamos de jugar.</p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p>Nos recuperé en un documento:</p>
<p><em>Yo, por ejemplo, no sentí que el movimiento estuviera fuerte. Yo lo sentí mega fuerte. Yo sé que estuvo fuerte y que esa percepción es engañosa. Yo lo sentí eterno. En el momento, yo no sentí que fuera muy intenso. Pero a mi alrededor había mucha gente con crisis nerviosa. Ahora sé que mi memoria enterró de inmediato esa sensación. Casi un año después sigo sin recuperarla. Me encontraba en mi departamento. Estabas sola. Yo estaba rodeado de gente. Casi siempre, en estos eventos, estar solo me tranquiliza. Yucatán 69. Interior 403. Estaba calentando una rebanada de pan de caja. Apenas regresamos al departamento, hace como un mes, y seguía el pan quemado sobre la sartén. Nada y todo había cambiado. Recuerdo que sentí miedo. Mucho miedo. Apreté los dientes. Tal vez los siga apretando mientras duermo. Ayer fui a un bar; de la nada, alguien a quien no conocía, dijo: «Me contaron de tu edificio, tú vivías en Tabasco, supe que mientras salían se les caían los trozos de muro y la mampostería». Aunque no lo viví —ni siquiera estaba ahí en ese momento— empecé a recordar «eso» con toda claridad: los acabados de los muros cayendo, el polvo alzándose a mi alrededor. Hace un par de meses, fui a casa de mis amigas F y V. Estaba una amiga suya. Empezamos a platicar del 19S. Como siempre, salió el tema de que me quedé sin casa. Yucatán 69. «¿Tú vivías ahí?». Sí. «Hay un video en YouTube». Nosotros tomamos un video al día siguiente, el 20 de septiembre. Lo compartimos en redes. Los dueños del edificio (y los inquilinos mismos) pidieron que lo bajáramos. Nuestro video es más terrorífico. </em></p>
<h4 style="text-align: center;">***</h4>
<p>Una mañana me pidieron llevar al Parque de los Venados sogas y cinceles. Dejé la carga con una chica en una tienda de acampar y mientras caminaba de regreso a la bicicleta, me rodearon cuatro o cinco mujeres jóvenes, cuyos rostros se me escapan por completo. Me hicieron alguna pregunta que no logro recordar y un minuto después, tomadas de las manos, con los ojos cerrados y las cabezas inclinadas hacia abajo, empezaron a rezar al unísono. Debió llevarles muy poco tiempo, aunque sentí que duró mucho. De su murmullo llamó mi atención la manera en que repetían las frases. Era un canturreo coordinado y monótono, cortado por la apnea. Que dejaran de respirar mientras pronunciaban aquellas oraciones fue algo que me acompañó el resto del camino. Era imposible no relacionar el sonido de esas inhalaciones con la posibilidad de que todavía hubiera cuerpos a los que sólo podía llegarse gracias a su respiración, cada vez más tenue. Los sonidos irrecuperables de algo que se resistía a apagarse.</p>
<h4>***</h4>
<p>Ayudar para ayudarme. Varios días salimos a ayudar por la Del Valle y la Nápoles. Recuerdo estar en el parque Alfonso Esparza Oteo mientras escuchaba los mensajes de voz. «¿Qué necesitas?», fue la pregunta que me hicieron una y otra vez. ¿Qué necesitaba? Pude resolver las cuestiones prácticas. Me las resolvieron, debo aceptar… Tener un techo. Un techo es importante. Yo tuve dos techos. Tener comida. La comida es importante. Poder comer. Comida. Tener ropa. Alguna ropa. La ropa es importante. Tener libros. Los libros son importantes. Poder leer. Atesoro esos días. Atesoro lo que hicieron mis amigas por mí. Pero no poder. Yo no podía poder. Todo lo hacía en automático. Entendí, por fin, que había perdido mi casa con el paso del tiempo, cuando no podía descansar. Tuve días, semanas, meses de cansancio acumulado. Pude dormir de corrido hasta enero, cuando me mudé a mi nueva casa. Hice casa en varios lugares. Aprendí a desapegarme y eso, en vez de ser liberador para mí, me ata irreparablemente al aquí y ahora. Pero vivir siempre en presente —el estado constantemente alerta, la atención demasiado enfocada, la ansiedad por lo inmediato— es un yo <em>ya </em>no.</p>
<h4>***</h4>
<p>Encontramos dónde descansar (por fin) casi al mismo tiempo. Un techo, unas paredes, una puerta. Lo más primario comenzaba a ser, nuevamente, algo asequible. Un lugar donde el <em>ya no</em> podía traducirse en la tentativa de un nuevo comienzo. En mi caso no bastaba con ver cómo el espacio vacío iba cambiando con los objetos recuperados y las nuevas rutinas. Sabía que no iba a <em>llegar ahí</em> en realidad hasta no integrar las nuevas voces del lugar. La primera noche me sentí alterado por el sonido de un avión. Pensé que ya llegaría el momento de sentarme a escuchar sin sentir que estaba invadiendo <em>otro espacio</em>, sin sentir que yo estaba siendo invadido. No pude dormir. De algunas cajas de las cuales seguían apareciendo trozos de muro, saqué un par discos hechos trizas.</p>
<p>C. me contó que, después de lo que pasó, tuvieron que transcurrir algunas semanas o meses antes de que pudiera escuchar de nueva cuenta música con voces humanas. Por un tiempo sólo estuvo acompañada por otras sonoridades. En cambio, a mí me ha resultado imposible recordar algo así. Llevo meses enteros tratando de rememorarlo infructuosamente. El momento en que volví a escuchar música ahora es una clausura en mi memoria.</p>
<h4>***</h4>
<p>Hacer casa es, creo yo, tener una rutina. Mis días posteriores no eran míos plenamente. Los llamaré Los Días. Cada uno se me escapaba de las manos. Era como si yo también tuviera fallas estructurales. Me fallaba la memoria. Me fallaba la atención. Me fallaba el cuerpo. Me fallaba la cabeza. Me fallaba el enfoque. Me fallaba <em>yo</em>. Me fallaba la verticalidad. Yo también quería caerme. Como esos edificios. Y no podía derrumbarme. Tenía que encontrar una<em> nueva</em> casa, una <em>nueva</em> rutina, una<em> nueva</em> yo. Los Días no fallaban. La que fallaba era yo.</p>
<h4>***</h4>
<p>No recuerdo bien, tal vez fue el sábado siguiente. El caso es que pidieron por todos los medios que se guardara silencio en la calzada de Tlalpan porque iban a hacer un último esfuerzo para tratar de escuchar señales de vida bajo los escombros. Es una imagen que me acompaña desde entonces. La idea de que esta ciudad aún puede crear un cerco silente para no perder los cuerpos que la habitan. La terrible noción de que hay un ultimátum en el acto de escuchar.</p>
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		<title>Fragmentos radiofónicos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 04 Sep 2018 04:16:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El espacio acústico]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></category>
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<p>El 24 de marzo de 1935, bajo el pseudónimo de Detlef Holz, Walter Benjamin publicó un testimonio de su primera incursión en la radio. En el texto narra que recibió una invitación para leer una conferencia acerca de libros, la cual debía durar veinte minutos. Junto con la encomienda, le dieron sólo dos indicaciones. La primera consistía en medir escrupulosamente el tiempo acordado para no causar retrasos en la programación general; la segunda es que no debía dirigirse a una asamblea abstracta, sino hablar como si se comunicara con interlocutores específicos.</p>
<p>Con el propósito de cerciorarse de todos los detalles, Benjamin prepara el texto con suficiente anticipación y lo lee en voz alta en su casa varias veces. Realiza las modificaciones debidas para ajustarse a su límite y, tras varios ensayos, cuando llega el momento de acudir a la estación, está convencido de que sus materiales no presentan problema alguno.</p>
<p>No obstante, en el transcurso de la transmisión nada de lo anterior se cumple. Mientras lee, empieza a ver el reloj de soslayo y constata que ha perdido el control del tiempo. Especula si ha cometido un error al realizar pruebas o si el ritmo de su lectura no ha sido el adecuado. ¿Acaso vio mal las manecillas?, ¿confundió los minutos con los segundos? Angustiado, sacrifica páginas para ganar algunos minutos y poder concluir; pronto se da cuenta de que éste es otro error: terminará antes de lo debido. Al llegar al final del texto, se queda pasmado y guarda silencio, en espera de otra voz que lo rescate, pero ésta nunca llega. Esos minutos finales de silencio adquieren un protagonismo mucho mayor que el de sus palabras.</p>
<h4>***</h4>
<p>Hablar frente a un micrófono guarda más semejanzas con una escenificación teatral que con un diálogo verdadero. Es un acto anómalo que consiste en entregarse a las sombras. Toda locución cancela al locutor, de ahí la irreprochable efectividad acusmática de este medio. El radio pareciera el único sitio donde resulta posible encarnar la divisa de Lezama Lima: «Poética la voz, anónimo el rostro».</p>
<h4>***</h4>
<p>Los materiales radiofónicos no son más que un señuelo. Ninguna idea, ninguna reflexión, ningún comentario son lo suficientemente flexibles como para abandonar las circunstancias en que se han gestado, mutar a una nueva forma y no sufrir alteraciones radicales en el camino.</p>
<p>Desdoblada en un entorno electrónico, la voz se pierde a sí misma y experimenta una metamorfosis que podría ser descrita bajo los mismos términos empleados para dar cuenta de la enajenación. ¿Esto explicaría porqué cuanta menos atención suscitan las transmisiones el estilo radiofónico suele ganar celeridad? ¿Aquí podría encontrarse la clave de porqué, cuanto más ruido produce la radio, pareciera escucharse menos y reducirse a un vago estruendo eclipsado por el resto de estímulos óticos?</p>
<h4>***</h4>
<p>Bajo sus nuevas condiciones, la voz aparece como un flujo, un cuerpo en movimiento. Para desplazarse, anula las dimensiones del espacio y nos sitúa en una nueva vivencia del mismo. Otro tanto hace con el transcurrir temporal: crea un acontecer apartado, construye una duración paralela, que dista en todo sentido de la que experimentamos de forma cotidiana.</p>
<p>No es casualidad que desde 1906, cuando Reginald Fessenden logró la primera transmisión radiofónica, quedó claro que se trataba de una herramienta que encarnaba una contradicción. Por un lado, permitía dar un salto hacia adelante en el tiempo, volver asequible el futuro, como lo mostró Orson Welles en 1938, con el sobrio anuncio de que el planeta había sido invadido por alienígenas (en su adaptación de <em>La guerra de los mundos </em>de H. G. Wells, que despertó pánico colectivo). Por otro, funcionaba como una fuente de memoria, una sedimentación del flujo temporal, un intersticio para que el pasado no se desvaneciera por completo. La radio fue, desde sus comienzos, el simulacro de un futuro teñido de nostalgia.</p>
<h4>***</h4>
<p>El caso de Benjamin es ejemplar en otro sentido. Cuando uno habla frente a una máquina, la máquina engulle nuestras palabras. Los enunciados ya no le pertenecen al sujeto que los ha pronunciado. Únicamente a causa de una añeja convención atribuimos su titularidad a <em>alguien</em>, que no es más que un rastro difuso. Las voces de la radiofonía muestran que la escucha posee siempre un carácter fantasmal. Podemos percibirlas sólo gracias a una mutación: son eventos espaciales y sonoros de la red que las hace posible, y a la cual alimentan, antes que huellas neumáticas de un cuerpo viviente.</p>
<p>Propagadas como ondas electromagnéticas, las palabras se despersonalizan. No resguardan su sentido. Por tal motivo no pueden ya convocar a esa otra voz, que Benjamin esperaba infructuosamente. Son una expansión de la fuente sonora, no una interpelación ante sujetos reales. Si a menudo se refugian en formas vocativas sólo es para cumplir un viejo código, sumamente artificial. Estas palabras vuelven a su dimensión más desnuda: son trozos en constante dispersión, distorsiones efímeras, elementos residuales, accidentes sonoros que no pueden funcionar más que asumiendo de raíz lo que siempre han sido: esquirlas y dislocaciones en el tiempo.</p>
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		<title>La sonidista errante</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriela Damián Miravete]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 Jul 2018 16:08:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desafi(n)antes]]></category>
		<category><![CDATA[Emilio Hinojosa Carrión]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriela Damián Miravete]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></category>
		<category><![CDATA[Martha Riva Palacio]]></category>
		<category><![CDATA[SOMUS]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Cuáles son los sonidos que acompañan la experiencia de crear? A través de una serie de conversaciones, diversas autoras comparten el universo sonoro que forma parte de su vida cotidiana y su escritura; con el (no tan) vano afán de recuperar ese mundo íntimo de afectos, platos sucios y libretas rayoneadas que, con suerte, acaban [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_330" aria-describedby="caption-attachment-330" style="width: 650px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" loading="lazy" class="wp-image-330 size-medium" src="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/07/Martha-Riva-Palacio-650x566.png" alt width="650" height="566" srcset="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/07/Martha-Riva-Palacio-650x566.png 650w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/07/Martha-Riva-Palacio-768x669.png 768w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/07/Martha-Riva-Palacio-1024x892.png 1024w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/07/Martha-Riva-Palacio.png 1088w" sizes="(max-width: 650px) 100vw, 650px"><figcaption id="caption-attachment-330" class="wp-caption-text">Martha Riva Palacio. Foto: Ernesto Durand</figcaption></figure>
<p><iframe loading="lazy" width="1140" height="400" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?visual=true&amp;url=https%3A%2F%2Fapi.soundcloud.com%2Ftracks%2F467103939&amp;show_artwork=true&amp;maxwidth=1140&amp;maxheight=1000&amp;dnt=1"></iframe></p>
<p>¿Cuáles son los sonidos que acompañan la experiencia de crear? A través de una serie de conversaciones, diversas autoras comparten el universo sonoro que forma parte de su vida cotidiana y su escritura; con el (no tan) vano afán de recuperar ese mundo íntimo de afectos, platos sucios y libretas rayoneadas que, con suerte, acaban convirtiéndose en páginas desafiantes.</p>
<p><em>Sesión 1: La sonidista errante</em></p>
<p>Martha Riva Palacio imagina a Orfeo hacer música en el espacio, mientras afuera de su casa pasa el camión de la basura.</p>
<p>Martha Riva Palacio Obón. Escritora y artista sonora mexicana. Estudió psicología y la maestría en artes visuales. Ha recibido reconocimientos como el Premio Hispanoamericano de poesía para niños, el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular y el Premio de Literatura Infantil Barco de Vapor. Sus libros forman parte de catálogos como el White Ravens de la Biblioteca Internacional de la Juventud en Alemania y de la Exposición de los mejores libros para Niños y Jóvenes del Banco del Libro de Venezuela. Entre su obra publicada se encuentra <em>Orfeo</em>; <em>Lunática</em>; <em>Buenas noches, Laika</em>; <em>Frecuencia Júpiter</em> y <em>Las sirenas sueñan con trilobites</em>. Sus piezas sonoras pueden escucharse en: <a href="http://lasonidistaerrante.com/" target="_blank" rel="noopener">lasonidistaerrante.com</a></p>
<p><a href="http://twitter.com/martharp" target="_blank" rel="noopener">@martharp</a></p>
<p>GABRIELA DAMIÁN MIRAVETE. Es escritora y cofundadora del colectivo de arte y ciencia <a href="https://twitter.com/cumulodetesla" target="_blank" rel="noopener">Cúmulo de Tesla</a>.</p>
<p><a href="http://twitter.com/gabrielintica" target="_blank" rel="noopener">@gabrielintica</a></p>
<h6>Conducción y creación: Gabriela Damián Miravete.<br>
Grabaciones de campo: Martha Riva Palacio<br>
Producción: Jorge Solís Arenazas.<br>
Grabación: Emilio Hinojosa Carrión.<br>
Grabado en los estudios de SOMUS.</h6>
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		<title>Bocanegra</title>
		<link>https://vanosonoro.com/bocanegra/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Emilio Hinojosa Carrión]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 25 May 2018 06:02:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Otras piezas]]></category>
		<category><![CDATA[Piezas sonoras]]></category>
		<category><![CDATA[Emilio Hinojosa Carrión]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></category>
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					<description><![CDATA[Grito es que lanza el corazón herido por la mano cruel de los dolores; llanto que sin cesar ha humedecido de mi esperanza las marchitas flores. Francisco González Bocanegra El Himno Nacional Mexicano se nos enseña desde niños mediante tradición oral. Es una práctica que en la mayoría de los casos se adquiere durante la [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h5>Grito es que lanza el corazón herido<br>
por la mano cruel de los dolores;<br>
llanto que sin cesar ha humedecido<br>
de mi esperanza las marchitas flores.</h5>
<h5><strong>Francisco González Bocanegra</strong></h5>
<p><iframe loading="lazy" title="Bocanegra (Emilio Hinojosa) by Vano Sonoro" width="1140" height="400" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?visual=true&amp;url=https%3A%2F%2Fapi.soundcloud.com%2Ftracks%2F448890126&amp;show_artwork=true&amp;maxwidth=1140&amp;maxheight=1000&amp;dnt=1"></iframe></p>
<p style="text-align: left;">El Himno Nacional Mexicano se nos enseña desde niños mediante tradición oral. Es una práctica que en la mayoría de los casos se adquiere durante la iniciación escolar, cuando somos obligados a cantar dicha melodía que, supuestamente, representa a nuestro país.</p>
<p>En la antigüedad, se entonaban salmos. Hasta cierto punto, esto era lo que estaba en manos de la iglesia para hacer cantar al pueblo. La música se enseñaba con solfeo anacrónico, que no era del todo métrico ni regular. Sin embargo, los himnos se componen de versos métricos y líneas regulares. Así que existe una especie de discordia entre ambos. Una forma es más libre; la otra cuenta con una estructura más cerrada.</p>
<p>El himno inglés surgió luego de que un obispo asignó dicha forma a cada día del calendario eclesiástico, y así llegó a ser parte del oficio victoriano. Y en el siglo XVII apareció el himno como una insignia representativa de un país. En consecuencia, el Estado tuvo el interés de imponer una melodía de nuestros orígenes.</p>
<p>El Himno Nacional Mexicano presenta una serie de características muy notorias: desdeña, arriesga y revela una realidad que pareciera golpeada por una serie de intenciones muy particulares.</p>
<p>En las primarias aprendemos el himno, copiamos de los demás este canto especial, este híbrido entre lo hablado y cantado, un discurso rítmico donde seguimos una pista, un rastro que no sabemos imitar, y que termina por convertirse en un opuesto del canto.</p>
<p>Lo que nos rige es simplemente un modelo que se transforma en una combinación aleatoria entre la pista sonora y la voz cantante. Por momentos, el canto coincide con alguna nota que está indicada en la partitura. Pero lo importante es que entre las notas aisladas se despliega un modo de un hablar con entonación mínima. Lo que se espera es esa nota «afinada» y atrabancada que la oralidad nos ha concedido. ¿Qué son esas notas sino una suerte de predilección? Como si esos ímpetus apuntaran a otra melodía, la melodía que han construido los niños de primaria como una forma de rebelarse frente a la absurda y desgastante práctica de cantar todos los lunes este himno incipiente. Un himno que, como todos los otros, «es el más bello del mundo».</p>
<p>Esta forma del canto hecho trizas no sólo deshace las posibilidades melódicas del texto, también trastoca las estrofas intercambiando o juntando sílabas, inventando palabras, cambios de tiempos verbales. Nuevos nombres propios han surgido por este himno y era de esperarse, ya que el apellido del escritor del texto fue víctima del mismo ultraje: Francisco González Bocanegra.</p>
<p>El título de la partitura —<em>Dios y libertad</em>— es una doble yuxtaposición y una paradoja; nos remite a la discordia entre el himno y el salmo, también es uno de los primeros síntomas del devenir de este canto. Jaime Nunó, curiosamente de nacionalidad española, fue quien compuso la música por encargo del presidente Antonio López de Santa Anna.</p>
<p>El resultado sólo se revela en el conjunto final: un desgano por la afinación pero entusiasta en el grito, que pareciera no querer dar cuenta de lo que está vertido en la melodía. Ese canto deforme es una marcha noble, es una manera de protestar entre líneas. Con la mano amanerada en el pecho se desgana el canto. Se recita y se grita una torpeza anunciada y, al mismo tiempo, una forma de canto privilegiada, viva.</p>
<p>Es notorio que los tonos cambian en las habituales interpretaciones de escuela a escuela; lo único que siempre persiste es la interpretación hablada, desganada y bramada. Esas notas de las que hablo son de un interés grandioso: habrá que saber aquello que los niños nos quieren decir a través de ese énfasis.</p>
<p>La revolución de este canto es una consigna melódica que se transforma, una pancarta que se basa en la degradación del contenido, hablando entre líneas de otras cosas. La forma en que el sonido agrede al símbolo es una protesta que desgrana e irrumpe, trastoca el agrado nacional, y no únicamente por la palabra: ataca lo sonoro, un inconsciente que no quiere obedecer, una voz que prefiere hacerse pato. No es falta de oído ni de educación; es un desgano generalizado.</p>
<p>Quizá también es que simplemente nos gusta cantar chueco, y el asunto va más allá de lo desafinado.</p>
<p>Imaginar estos cantos junto con el MIDI mas básico —afinado y brusco—. Observar cómo conviven estos sonidos temperados y digitales. Hacer acordes que acompañan esta melodía de pleno derecho. Todo esto consiste en jugar con dos mundos incómodos: la verdad del General midi y los cantos oficiales del Estado. ¿Acaso estas dos neurosis contrarias pueden sobreponerse, más allá de la afinación, más allá de los desacuerdos del tono?</p>
<p>La oralidad de la música está vigente en las primarias de México, estamos transformando un himno cada generación, y en las escuelas invierten en maestros cuyo único objetivo es la enseñanza de éste. Ellos, los niños, no caen en tal provocación, su intención es clara, consiste en apropiarse del himno, incluso he escuchado que desmembran el ritmo haciéndolo un juego permanente, que no es divertido: es el juego desalmado de los niños, que cada lunes tienen que llevarlo a cabo, formando nuevas melodías y contrapuntos aguerridos. Este canto no habla de la educación musical en México, sino de cómo violentar la melodía, el atrevimiento de apropiarse de ese símbolo, de ese temperamento jocoso, de esa autoridad que empezó trunca: el himno mexicano del que nadie se ha hecho parte, en ninguna época, digan lo que digan.</p>
<h6>Composición, grabaciones de campo y texto: Emilio Hinojosa Carrión.<br>
Producción, mezcla y masterización: Jorge Solís Arenazas.</h6>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La escucha de Oku</title>
		<link>https://vanosonoro.com/1-2/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[vanosonoro]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 17 May 2018 18:48:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El espacio acústico]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Solís Arenazas]]></category>
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					<description><![CDATA[«Ni el grito de un pájaro atravesaba el silencio ominoso» Estas palabras pertenecen al libro Oku no Hosomichi, del poeta japonés Basho. Las escribió durante su viaje por el monte Ohyama para dar cuenta de un momento de peligro. Involucran uno de los momentos privilegiados para percibir las tensiones que yacen en la experiencia aural. [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>«Ni el grito de un pájaro atravesaba el silencio ominoso»</p>
<p>Estas palabras pertenecen al libro <em>Oku no Hosomichi</em>, del poeta japonés Basho. Las escribió durante su viaje por el monte Ohyama para dar cuenta de un momento de peligro. Involucran uno de los momentos privilegiados para percibir las tensiones que yacen en la experiencia aural.</p>
<p>Cuando el paisaje que vemos no es confirmado por lo que escuchamos, se abre una tensión expectante, como si el silencio fuera una forma de poner a la realidad bajo presión. El silencio relativo modifica profundamente nuestro flujo perceptivo y logra poner entre paréntesis el mundo.</p>
<p>El sonido nos desnuda; el silencio nos vuelve vulnerables.</p>
<figure id="attachment_35" aria-describedby="caption-attachment-35" style="width: 525px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" loading="lazy" class="size-large wp-image-35" src="https://vanosonoro.com/w/wp-content/uploads/2018/05/Basho-1-705x1024.jpg" alt width="525" height="763" srcset="https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/05/Basho-1-705x1024.jpg 705w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/05/Basho-1-207x300.jpg 207w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/05/Basho-1-768x1116.jpg 768w, https://vanosonoro.com/wp-content/uploads/2018/05/Basho-1.jpg 1200w" sizes="(max-width: 525px) 100vw, 525px"><figcaption id="caption-attachment-35" class="wp-caption-text">Ilustración del tratado médico Kishitsu geryō zukan de Hanaoka, Seishū (1760–1835)</figcaption></figure>
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