Septiembre

Sig­nos vacíos, de Emi­lio Hino­jo­sa Carrión

A menu­do creo que las fechas son úni­ca­men­te sig­nos vacíos, pero ¿cómo obviar­las en este caso? A pocas horas de que se cum­pla un año, los recuer­dos se vuel­ven más per­sis­ten­tes. El pri­mer indi­cio, antes de los lati­ga­zos que pusie­ron todo entre parén­te­sis, fue un lige­ro cru­ji­do en las mam­pa­ras, los vidrios de la ven­ta­na y el techo. Era un soni­do anó­ma­lo, pero no pare­cía tener mayor impor­tan­cia. Lejos de dis­mi­nuir, ese cre­pi­tar se vol­vió un signo incon­cu­so al que, pocos segun­dos des­pués, se le suma­ron voces. Ten­go menos pre­sen­te lo que decían que la aler­ta que exuda­ban. Y digo exu­dar con toda ale­vo­sía: la inquie­tud esta­ba lejos de ser una reac­ción men­tal ante la fra­gi­li­dad, era una sus­tan­cia vis­co­sa que se esca­pa­ba invo­lun­ta­ria­men­te por la piel. Ese coro ate­ri­do me hizo levan­tar­me de la silla y tra­tar de cami­nar hacia el vano de la puer­ta. Aun­que no eran más que tres o cua­tro pasos, avan­cé tra­ba­jo­sa­men­te.

Inten­té dete­ner­me mien­tras escu­cha­ba el llan­to de una mujer. A par­tir de ese momen­to, sur­gió un hilo de soni­dos que no han deja­do de inte­grar­se a esa zona poco defi­ni­da de mi memo­ria. No sólo las refe­ren­cias que el oído aso­cia de for­ma inme­dia­ta con estas cir­cuns­tan­cias: los gri­tos y las alar­mas, los roto­mar­ti­llos rom­pien­do blo­ques de cemen­to, las exha­la­cio­nes de la gen­te en un esfuer­zo com­par­ti­do, las cube­tas que regre­sa­ban vacías de mano en mano y, al cho­car entre sí, se con­ver­tían en peque­ñas cajas acús­ti­cas impro­vi­sa­das; las sie­rras atra­ve­san­do vari­llas, los armó­ni­cos pro­du­ci­dos por el gol­pe de dos meta­les, el efec­to Dop­pler de las sire­nas, los megá­fo­nos, las héli­ces movien­do el vien­to sobre nues­tras cabe­zas, los inter­mi­ten­tes tim­bres tele­fó­ni­cos y la ince­san­te repe­ti­ción de ensal­mos para tran­qui­li­zar­nos.

Tam­po­co se tra­ta úni­ca­men­te de otras per­cep­cio­nes que tal vez nacie­ron del ago­ta­mien­to, como el zum­bi­do que me per­si­guió duran­te más de una sema­na, sin abdi­car, sub­ra­yan­do la ines­ta­bi­li­dad de todo, hacien­do que cual­quier cosa me resul­ta­ra un even­to dis­tan­te. Por aque­llos días, cuan­do alguien me pre­gun­ta­ba cómo esta­ba, pre­fe­ría res­pon­der con ges­tos. El zum­bi­do pro­vo­ca­ba que mi pro­pia voz, trans­for­ma­da por la reso­nan­cia de mi crá­neo, se con­vir­tie­ra en el mas­cu­llar de alguien (¿algo?) com­ple­ta­men­te ajeno.

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He pen­sa­do mucho en lo que nos suce­dió. Los meses pos­te­rio­res al sis­mo soña­ba con el momen­to del sis­mo. Era una pesa­di­lla repe­ti­ti­va que tam­bién rota­ba. A veces yo me sen­tía más valien­te soñan­do que en la vida real. Otras veces no apa­re­cía tem­blan­do yo, de los pies a la cabe­za. Antes del sis­mo, esta­ba pen­san­do en cómo sería mi día. Escri­bi­ría (aun­que ya esta­ba bas­tan­te atra­sa­da). Sue­lo des­per­tar­me tem­prano y el 19 de sep­tiem­bre del año pasa­do no fue así. Fui al gim­na­sio. Al ban­co. No sé qué hice pri­me­ro pero pagué mi segu­ro médi­co. De regre­so a la casa, sobre ave­ni­da Yuca­tán esta­ban hacien­do el simu­la­cro en honor al 85. Lle­gué al depar­ta­men­to cer­ca de la una de la tar­de. Empe­cé a pre­pa­rar mi ropa. Me baña­ría. Antes, come­ría un poco. Pren­dí la estu­fa, puse la sar­tén. El pan esta­ba tos­tán­do­se cuan­do sen­tí la pri­me­ra osci­la­ción. Mi reac­ción (basa­da en mis pro­ble­mas de sor­de­ra) fue uno de mis habi­tua­les mareos debi­do a que no tenía pues­tos los apa­ra­tos audi­ti­vos. Leo, mi gato, fue la alar­ma per­fec­ta. Mau­lló como nun­ca lo había hecho antes. Era prác­ti­ca­men­te un ala­ri­do. Un soni­do agu­dí­si­mo que inau­gu­ró una serie de recuer­dos para mis oídos: cómo se agrie­ta una pared, cómo se empie­za a rom­per lo que pare­cía ser soli­do. Lo apa­ren­te­men­te fuer­te. Lo impa­si­ble. Me acer­co a la colum­na entre mi habi­ta­ción y la de N. La natu­ra­le­za me emba­te. El cemen­to ver­ti­cal me abra­za por detrás. Sien­to una lar­ga sacu­di­da. Aprie­to tan­to la man­dí­bu­la. Los dien­tes se me van a rom­per. Mis hom­bros ape­nas pue­den afe­rrar­se al cuer­po. Sien­to que me voy a par­tir en dos. Roda­rá mi par­te supe­rior mien­tras mis pier­nas tiem­blan. Tiem­bla afue­ra, tiem­bla aden­tro. La pre­ci­sión es inexis­ten­te. Estoy en un cuar­to piso. Es pro­ba­ble que me las­ti­me inten­tan­do bajar las esca­le­ras (si es que el sis­mo me per­mi­te dar un solo paso). El roof gar­den tam­po­co es opción por­que podría salir volan­do. Lite­ral. No pue­do mover­me mien­tras el res­to se mue­ve dema­sia­do. No pue­do, no pue­do, no pue­do. Me inmo­vi­li­zo com­ple­ta­men­te. Pien­so que me voy a morir. Pien­so en mi madre, en mi her­mano. Pien­so en mi her­mano cui­dan­do a mi madre, con­so­lán­do­la. Pien­so en Leo. Oja­lá alguien lo res­ca­te y pue­da seguir tenien­do una vida feliz. Yo ya no. Lo que más recuer­do es ese sen­ti­mien­to: yo ya no. La dura­ción del even­to no fue de tres minu­tos por­que yo lo sigo sin­tien­do. Es como si lo lle­va­ra con­mi­go. Algu­na vez escu­ché decir a una de mis maes­tras de poe­sía que el cuer­po no recuer­da el dolor. Pero mi car­ne sí. Hay días en que lo sigo sin­tien­do. Sien­to que yo ya no.

Regre­so casi al año al depar­ta­men­to. La sar­tén, el pan. Siguen ahí. Que­ma­dos. Las pare­des con grie­tas. Siguen ahí. En la mis­ma posi­ción. Nues­tras cosas. Lo com­par­ti­do. En el lugar de siem­pre. Yo, ahí, para­da. Sigo ahí. Yo ya no.

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Sig­nos vacíos, de Emi­lio Hino­jo­sa Carrión

Que el oído recuer­de lo que por otras vías se nos esca­pa. En mi caso decir ya no tam­bién se con­vir­tió en un jue­go de res­ti­tu­cio­nes sono­ras. Había lle­ga­do a ese depar­ta­men­to cua­tro años atrás. Antes vivía en el mis­mo barrio, pero del otro lado, cru­zan­do una ave­ni­da gran­de, y esa peque­ña mudan­za de medio kiló­me­tro bas­tó para cam­biar el mapa de lo que escu­cha­ba al des­per­tar.

En la vie­ja casa me acom­pa­ñó por mucho tiem­po el soni­do de un ave que nun­ca logré iden­ti­fi­car por más que pasé inter­mi­na­bles horas tra­tan­do de reco­no­cer­la entre las fron­das de los árbo­les. He bus­ca­do en guías orni­to­ló­gi­cas de la ciu­dad sin mejor suer­te. Se tra­ta de un gor­jeo gra­ve y lige­ra­men­te opa­co que insi­núa un rit­mo, pues se repi­te dos veces cada vez, con inter­va­los rela­ti­va­men­te regu­la­res. Al mudar­me per­dí ese can­to y el tiem­po trans­cu­rri­do no borró la sen­sa­ción de que algo me fal­ta­ba al empe­zar el día.

Cuan­do me que­dé sin depar­ta­men­to me aco­gie­ron duran­te algu­nos meses al sur de la ciu­dad. La pri­me­ra maña­na en el nue­vo sitio me sor­pren­dió tra­yén­do­me de vuel­ta el soni­do parea­do de aque­lla ave que tan­to echa­ba en fal­ta. Duran­te unos bre­ves ins­tan­tes me sen­tí des­con­cer­ta­do por escu­char­lo otra vez y tuve que aso­mar­me a la ven­ta­na para enten­der que esta­ba en otra par­te, lejos de las calles que reco­rrí tan­tas veces y en ese momen­to esta­ban rotas. No inten­té ver al ave que emi­tía esos lla­ma­dos. Cerré los ojos con una ambi­va­len­te sen­sa­ción de ali­vio. Ya no sig­ni­fi­ca­ba otra vez.

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Pasa­ron esos ¿tres minu­tos? y comen­cé a mover­me des­pa­cio. (Me) reco­gí lo que pude. Bus­qué a Leo para meter­lo en su caja trans­por­ta­do­ra. Tomé mi lap­top. Me cam­bié de ropa. Tomé fotos de las grie­tas. Salí. Todo esto lo hice como pude por­que (aun­que yo no me recuer­do así) esta­ba tem­blan­do de los pies a la cabe­za. Me lo dijo una seño­ra de algu­na de las ofi­ci­nas de los pri­me­ros dos pisos. Me sen­té en la ban­que­ta. La colo­nia Roma era un caos. Me comu­ni­qué con mi madre. Llo­ré un poco. Cami­né hacia la Con­de­sa. Estu­ve una hora —¿más o menos?— sin saber qué hacer. Regre­sé a Yuca­tán 69. Vol­ví a subir. Toda­vía no entien­do por­qué lo hice. ¿Por qué? Para ter­mi­nar de con­ven­cer­me de que me había que­da­do sin casa. Tomé algu­na ropa mía y de N. Recu­pe­ré el otro apa­ra­to audi­ti­vo. (Aho­ra que escri­bo esto entien­do mi regre­so: fui a bus­car el otro apa­ra­to, sí). Salí nue­va­men­te. Le pre­gun­té a nues­tro vecino si no pen­sa­ba irse. Me dijo que no. Un hom­bre mayor, resig­na­do. Cami­né de la Roma a la Nápo­les. Lle­gué a la casa de Isa­bel, María y Aure­lia. Recuer­do borro­so. Leo asus­ta­do. Yo asus­ta­da. Sudo­ro­sa, asus­ta­da. Sudo­ro­sa, rojí­si­ma de la cara. De los bra­zos. Sudo­ro­sa, asus­ta­da, con pol­vo enci­ma de mí. Sudo­ro­sa, deses­truc­tu­ra­da. Me ven­cí. Yo ya no estoy en casa pero sí.

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Ya no estar o ser asal­ta­do por nue­vos soni­dos. Sin casa o encon­trar­se con can­tos añe­jos. Vol­ver como escu­char todo dis­tin­to. Estar ven­ci­do. Cuan­do pude entrar nue­va­men­te, la acús­ti­ca del lugar había cam­bia­do. Las bal­do­sas en el rellano se des­pren­die­ron, así que los rui­dos eran menos rever­be­ran­tes. La mayo­ría de pare­des esta­ban que­bra­das o par­cial­men­te ven­ci­das, algu­nos vidrios se des­pren­die­ron o que­da­ron cuar­tea­dos y todos los mue­bles esta­ban en el piso, así que el espa­cio regre­sa­ba ecos dis­tin­tos a los que me había habi­tua­do. Per­ci­bir eso me hizo saber que el espa­cio ya no era mío, eso fue una prue­ba más con­tun­den­te que las cosas rotas, los res­tos irre­co­no­ci­bles en el sue­lo y el pol­vo que inva­día todo con tena­ci­dad.

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No sé qué es escu­char todo dis­tin­to. Mi memo­ria audi­ti­va está daña­da des­de que era niña. Pero recuer­do todos y cada uno los soni­dos de esos tres minu­tos. A veces los vuel­vo a escu­char. Per­ci­bir eso me hace saber que ese espa­cio ya no es mío. Regre­sé a Yuca­tán 69 varias veces. A ver cómo esta­ba por afue­ra. A ver cómo esta­ba por aden­tro. A ver. Inclu­so pre­gun­té a las per­so­nas que iban por el rum­bo cómo esta­ba Yuca­tán 69. Cuan­do regre­sa­mos por nues­tras cosas, pla­ti­qué con él. Fue­ron dos días segui­dos. La con­ver­sa­ción se inte­rrum­pía en un ir y venir de cosas. ¿Nues­tras cosas? Ya nada de lo que había era nues­tro. His­to­rias, cosas, ideas. Las ideas, las cosas, las his­to­rias. Nada a que lla­mar nues­tro. ¿Qué era lo mío? Yuca­tán 69 resis­tien­do. Yuca­tán 69 guar­dan­do his­to­rias, cosas, ideas. Vol­ver para desear no lle­var­me nada. Gra­cias, Yuca­tán 69, pero ¿aho­ra qué hago con todo esto?

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¿Qué hacer con todo esto? no pue­de tener otra res­pues­ta más que aque­lla con la que hemos juga­do en estos meses: insis­tir y escu­char­nos. Escu­char­nos sin res­pues­ta. Insis­tir al aire. Jugar a que las cosas rotas pue­den con­ju­rar­se si nos man­da­mos la ono­ma­to­pe­ya de una vie­ja can­ción has­ta el har­taz­go. No desear car­gar con nada, pero encon­trar­se con una voz al otro lado. De aque­llo que era nues­tro, siem­pre y cuan­do una voz aje­na aún pue­da venir en medio de la noche.

En la madru­ga­da las calles se borra­ron en una oscu­ri­dad tan den­sa que me cos­ta­ba tra­ba­jo orien­tar­me al cami­nar por cier­tas zonas para ir de un edi­fi­cio al otro. Algu­nos soni­dos me ayu­da­ron a ubi­car­me. Mien­tras atra­ve­sa­ba un came­llón, mi telé­fono se rees­ta­ble­ció por un bre­ve lap­so y sen­tí que vibra­ba; cuan­do con­tes­té, sólo alcan­cé a per­ci­bir un poco de rui­do blan­co, ese siseo elec­tró­ni­co enmas­ca­ran­do una voz. Nun­ca supe quién era. No pude des­ci­frar las pala­bras que alguien arti­cu­ló. Esas inter­fe­ren­cias ate­na­zan mi recuer­do como si hubie­ran sido una cer­ca­nía tác­til. Otra insis­ten­cia. La can­ción con la que no deja­mos de jugar.

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Nos recu­pe­ré en un docu­men­to:

Yo, por ejem­plo, no sen­tí que el movi­mien­to estu­vie­ra fuer­te. Yo lo sen­tí mega fuer­te. Yo sé que estu­vo fuer­te y que esa per­cep­ción es enga­ño­sa. Yo lo sen­tí eterno. En el momen­to, yo no sen­tí que fue­ra muy inten­so. Pero a mi alre­de­dor había mucha gen­te con cri­sis ner­vio­sa. Aho­ra sé que mi memo­ria ente­rró de inme­dia­to esa sen­sa­ción. Casi un año des­pués sigo sin recu­pe­rar­la. Me encon­tra­ba en mi depar­ta­men­to. Esta­bas sola. Yo esta­ba rodea­do de gen­te. Casi siem­pre, en estos even­tos, estar solo me tran­qui­li­za. Yuca­tán 69. Inte­rior 403. Esta­ba calen­tan­do una reba­na­da de pan de caja. Ape­nas regre­sa­mos al depar­ta­men­to, hace como un mes, y seguía el pan que­ma­do sobre la sar­tén. Nada y todo había cam­bia­do. Recuer­do que sen­tí mie­do. Mucho mie­do. Apre­té los dien­tes. Tal vez los siga apre­tan­do mien­tras duer­mo. Ayer fui a un bar; de la nada, alguien a quien no cono­cía, dijo: «Me con­ta­ron de tu edi­fi­cio, tú vivías en Tabas­co, supe que mien­tras salían se les caían los tro­zos de muro y la mam­pos­te­ría». Aun­que no lo viví —ni siquie­ra esta­ba ahí en ese momen­to— empe­cé a recor­dar «eso» con toda cla­ri­dad: los aca­ba­dos de los muros cayen­do, el pol­vo alzán­do­se a mi alre­de­dor. Hace un par de meses, fui a casa de mis ami­gas F y V. Esta­ba una ami­ga suya. Empe­za­mos a pla­ti­car del 19S. Como siem­pre, salió el tema de que me que­dé sin casa. Yuca­tán 69. «¿Tú vivías ahí?». Sí. «Hay un video en You­Tu­be». Noso­tros toma­mos un video al día siguien­te, el 20 de sep­tiem­bre. Lo com­par­ti­mos en redes. Los due­ños del edi­fi­cio (y los inqui­li­nos mis­mos) pidie­ron que lo bajá­ra­mos. Nues­tro video es más terro­rí­fi­co.

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Una maña­na me pidie­ron lle­var al Par­que de los Vena­dos sogas y cin­ce­les. Dejé la car­ga con una chi­ca en una tien­da de acam­par y mien­tras cami­na­ba de regre­so a la bici­cle­ta, me rodea­ron cua­tro o cin­co muje­res jóve­nes, cuyos ros­tros se me esca­pan por com­ple­to. Me hicie­ron algu­na pre­gun­ta que no logro recor­dar y un minu­to des­pués, toma­das de las manos, con los ojos cerra­dos y las cabe­zas incli­na­das hacia aba­jo, empe­za­ron a rezar al uní­sono. Debió lle­var­les muy poco tiem­po, aun­que sen­tí que duró mucho. De su mur­mu­llo lla­mó mi aten­ción la mane­ra en que repe­tían las fra­ses. Era un can­tu­rreo coor­di­na­do y monó­tono, cor­ta­do por la apnea. Que deja­ran de res­pi­rar mien­tras pro­nun­cia­ban aque­llas ora­cio­nes fue algo que me acom­pa­ñó el res­to del camino. Era impo­si­ble no rela­cio­nar el soni­do de esas inha­la­cio­nes con la posi­bi­li­dad de que toda­vía hubie­ra cuer­pos a los que sólo podía lle­gar­se gra­cias a su res­pi­ra­ción, cada vez más tenue. Los soni­dos irre­cu­pe­ra­bles de algo que se resis­tía a apa­gar­se.

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Ayu­dar para ayu­dar­me. Varios días sali­mos a ayu­dar por la Del Valle y la Nápo­les. Recuer­do estar en el par­que Alfon­so Espar­za Oteo mien­tras escu­cha­ba los men­sa­jes de voz. «¿Qué nece­si­tas?», fue la pre­gun­ta que me hicie­ron una y otra vez. ¿Qué nece­si­ta­ba? Pude resol­ver las cues­tio­nes prác­ti­cas. Me las resol­vie­ron, debo acep­tar… Tener un techo. Un techo es impor­tan­te. Yo tuve dos techos. Tener comi­da. La comi­da es impor­tan­te. Poder comer. Comi­da. Tener ropa. Algu­na ropa. La ropa es impor­tan­te. Tener libros. Los libros son impor­tan­tes. Poder leer. Ate­so­ro esos días. Ate­so­ro lo que hicie­ron mis ami­gas por mí. Pero no poder. Yo no podía poder. Todo lo hacía en auto­má­ti­co. Enten­dí, por fin, que había per­di­do mi casa con el paso del tiem­po, cuan­do no podía des­can­sar. Tuve días, sema­nas, meses de can­san­cio acu­mu­la­do. Pude dor­mir de corri­do has­ta enero, cuan­do me mudé a mi nue­va casa. Hice casa en varios luga­res. Apren­dí a des­ape­gar­me y eso, en vez de ser libe­ra­dor para mí, me ata irre­pa­ra­ble­men­te al aquí y aho­ra. Pero vivir siem­pre en pre­sen­te —el esta­do cons­tan­te­men­te aler­ta, la aten­ción dema­sia­do enfo­ca­da, la ansie­dad por lo inme­dia­to— es un yo ya no.

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Encon­tra­mos dón­de des­can­sar (por fin) casi al mis­mo tiem­po. Un techo, unas pare­des, una puer­ta. Lo más pri­ma­rio comen­za­ba a ser, nue­va­men­te, algo ase­qui­ble. Un lugar don­de el ya no podía tra­du­cir­se en la ten­ta­ti­va de un nue­vo comien­zo. En mi caso no bas­ta­ba con ver cómo el espa­cio vacío iba cam­bian­do con los obje­tos recu­pe­ra­dos y las nue­vas ruti­nas. Sabía que no iba a lle­gar ahí en reali­dad has­ta no inte­grar las nue­vas voces del lugar. La pri­me­ra noche me sen­tí alte­ra­do por el soni­do de un avión. Pen­sé que ya lle­ga­ría el momen­to de sen­tar­me a escu­char sin sen­tir que esta­ba inva­dien­do otro espa­cio, sin sen­tir que yo esta­ba sien­do inva­di­do. No pude dor­mir. De algu­nas cajas de las cua­les seguían apa­re­cien­do tro­zos de muro, saqué un par dis­cos hechos tri­zas.

C. me con­tó que, des­pués de lo que pasó, tuvie­ron que trans­cu­rrir algu­nas sema­nas o meses antes de que pudie­ra escu­char de nue­va cuen­ta músi­ca con voces huma­nas. Por un tiem­po sólo estu­vo acom­pa­ña­da por otras sono­ri­da­des. En cam­bio, a mí me ha resul­ta­do impo­si­ble recor­dar algo así. Lle­vo meses ente­ros tra­tan­do de reme­mo­rar­lo infruc­tuo­sa­men­te. El momen­to en que vol­ví a escu­char músi­ca aho­ra es una clau­su­ra en mi memo­ria.

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Hacer casa es, creo yo, tener una ruti­na. Mis días pos­te­rio­res no eran míos ple­na­men­te. Los lla­ma­ré Los Días. Cada uno se me esca­pa­ba de las manos. Era como si yo tam­bién tuvie­ra fallas estruc­tu­ra­les. Me falla­ba la memo­ria. Me falla­ba la aten­ción. Me falla­ba el cuer­po. Me falla­ba la cabe­za. Me falla­ba el enfo­que. Me falla­ba yo. Me falla­ba la ver­ti­ca­li­dad. Yo tam­bién que­ría caer­me. Como esos edi­fi­cios. Y no podía derrum­bar­me. Tenía que encon­trar una nue­va casa, una nue­va ruti­na, una nue­va yo. Los Días no falla­ban. La que falla­ba era yo.

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No recuer­do bien, tal vez fue el sába­do siguien­te. El caso es que pidie­ron por todos los medios que se guar­da­ra silen­cio en la cal­za­da de Tlal­pan por­que iban a hacer un últi­mo esfuer­zo para tra­tar de escu­char seña­les de vida bajo los escom­bros. Es una ima­gen que me acom­pa­ña des­de enton­ces. La idea de que esta ciu­dad aún pue­de crear un cer­co silen­te para no per­der los cuer­pos que la habi­tan. La terri­ble noción de que hay un ulti­má­tum en el acto de escu­char.