Plataforma dedicada al sonido y las experiencias de escucha.

Nunca me ves desde donde te miro

Edward Hoo­per, “Night Win­dows”, 1928 (MoMa, Nue­va York)

voyeu­ris­ta

Del fr. voyeur e ‑ista.

1. m. y f. Per­so­na que dis­fru­ta con­tem­plan­do acti­tu­des ínti­mas o eró­ti­cas de otras per­so­nas. U. t. c. adj.

Soy voye­ris­ta des­de que ten­go recuer­do. El camino para domi­nar esta prác­ti­ca ha sido arduo (más que domi­nar­la, ajus­tar­la a mis reglas). El prin­ci­pio bási­co es acer­car el oído a las super­fi­cies —pare­des, sue­los, rin­co­nes— y escu­char even­tos vela­dos, leja­nos, que se tie­nen que ir defi­nien­do y cla­si­fi­can­do, como el ele­va­dor, las cañe­rías, el tem­pe­ra­men­to de los azo­tes de puer­ta, las cami­na­tas pesa­das, el cami­nar de pun­ti­tas, los elec­tro­do­més­ti­cos y sus moto­res poli­rrít­mi­cos. Pri­me­ro tuve que apren­der códi­go Mor­se: me que­da­ba las maña­nas con el oído pega­do al sue­lo, escu­chan­do gol­pe­teos que pare­cían pro­ve­nir de mis pro­pios hue­sos. Pude notar que se tra­ta­ba de lo sóli­do. Los cuer­pos me habla­ban ínti­ma­men­te y me vol­ví un escu­cha de obje­tos inani­ma­dos. Lo escu­cha­ba todo: el cos­mos, pega­do a mi ore­ja, encon­tra­ba rit­mos propios.

Des­pués de un tiem­po des­cu­brí que en cier­tos luga­res de mi piso se escu­cha­ban voces, una con­ver­sa­ción tras bam­ba­li­nas. Me empe­cé a dar una idea de lo que ocu­rría con mis veci­nos deba­jo de mi depar­ta­men­to. Sabía, por ejem­plo, que la seño­ra no tole­ra­ba que deja­ran la luz pren­di­da y a par­tir de eso pude dedu­cir nue­vos espa­cios, los rin­co­nes don­de las habi­ta­cio­nes se abrían como talis­ma­nes. Ima­gi­na­ba que la luz apa­ga­da era un tem­pe­ra­men­to y que los humo­res podían ser des­cri­tos. Los voye­ris­tas empe­za­mos des­de el sue­lo, ima­gi­nan­do los acon­te­ci­mien­tos. Sus reco­rri­dos y pasos, sus voces, sus sis­te­mas de habi­tar su casa, las coti­dia­ni­da­des for­man un flu­jo, a veces de pla­to roto, otras de vías obli­ga­to­rias. Así se des­cu­bre la car­to­gra­fía de los soni­dos: dón­de se escu­cha mejor. Las peleas fue­ron el motor prin­ci­pal de mi obse­sión, que­ría saber todo sobre sus dis­cu­sio­nes. Escu­cha­ba los llan­tos del hijo, y lo sen­tía al igual que yo, reclui­do escu­chan­do los deli­rios de los con­flic­tos. Los recla­mos de la madre a un padre, las aber­tu­ras de los ala­ri­dos, los gri­tos sin potes­tad, cap­tar los llan­tos berrin­chu­dos, los bal­bu­ceos nasa­les de la enfer­me­dad, la alta­ne­ría del que da las órde­nes, los hala­gos melo­sos y el repe­ti­ti­vo rega­ño sin sen­ti­do. Me fui fami­lia­ri­zan­do con su vida privada.

Deci­dí hacer una bitá­co­ra de sus movi­mien­tos, que­ría saber en dón­de esta­ban, inclu­so cuan­do esta­ban en silen­cio (no hay mayor pla­cer para un voye­ris­ta que cono­cer el silen­cio de sus per­so­na­jes). Cuan­do me los encon­tra­ba por el edi­fi­cio me pare­cían insig­ni­fi­can­tes; era una fami­lia tan cual­quie­ra que inclu­so deci­dí igno­rar­los y supri­mir sus ros­tros. Ade­más, sabía cla­ra­men­te que un voye­ris­ta nece­si­ta del ano­ni­ma­to, pero tam­bién de algo más. No tenía acce­so a sus per­te­nen­cias, sus cajo­nes; no cono­cía el inte­rior de su casa ni sus gus­tos por la deco­ra­ción, esos mosai­cos dolo­ro­sos que vemos en todas las casas. El voye­ris­ta no es delincuente.

Nece­si­ta­ba saber qué había en los cajo­nes de mis per­so­na­jes, en sus cló­sets y des­pen­sas. Cuan­do des­cu­brí que la mujer col­ga­ba su ropa en la azo­tea me dedi­qué a obser­var las pren­das con dete­ni­mien­to, pero no había nada ahí que me acer­ca­ra a lo que que­ría. Esta­ba sim­ple­men­te expues­ta, ropa sim­plo­na, sin gra­cia. Fue enton­ces que empe­cé a revi­sar sus correos en el buzón de la entra­da del edi­fi­cio y, como era de espe­rar­se, no encon­tré nada útil: reci­bos de ban­co, publi­ci­dad, más recibos.

Algo que siem­pre me lla­mó la aten­ción es que no habla­ban casi nada sobre comi­da. Sabía que se sen­ta­ban a comer por­que escu­cha­ba sus vaji­llas y uten­si­lios, ese tin­ti­neo que se gene­ra al poner la mesa. Qué difí­cil saber sobre los pla­ti­llos por el cas­ca­be­leo de los cubier­tos. Sabía poco de lo que pre­pa­ra­ban. Mi nue­va estra­te­gia fue poner­me deba­jo de su puer­ta para oler los gui­sos. Como cono­cía su depar­ta­men­to a la per­fec­ción, sabía que el come­dor esta­ba a unos cuan­tos pasos de la puer­ta prin­ci­pal, pero el olor no me per­mi­tía acer­car­me, no lo podía iden­ti­fi­car. Cada tar­de iba con la espe­ran­za de encon­trar algún indi­cio olfa­ti­vo, pero eran sola­men­te olo­res neu­tros, pol­vos; muy dis­tan­tes a una comi­da fami­liar común y corriente.

Lo siguien­te que inten­té fue estar al pen­dien­te cuan­do iban al mer­ca­do, entre­ver sus bol­sas para dar­me una idea. Lo hice sis­te­má­ti­ca­men­te. Obser­vé esos bul­tos, me ale­ja­ba varios metros —siem­pre fui muy cui­da­do­so de que no vie­ran mi ros­tro—, y no pude pre­ci­sar dema­sia­do: algu­nas cajas de té, paque­tes de galle­tas. ¡La gen­te no vive de galle­tas! Lo úni­co que pude ver con cla­ri­dad fue una pelu­ca rosa­da, no había duda. ¿Por qué lle­va­ba el papá una pelu­ca rosa? Nun­ca se habló al res­pec­to. Tam­po­co me pare­cía dema­sia­do extra­ño que alguien com­pra­ra una pelu­ca rosa. Ima­gi­na­ba un rega­lo, una fies­ta de dis­fra­ces. Sus feti­chis­mos los tenía muy estu­dia­dos: nun­ca escu­ché nada.

El voye­ris­ta pue­de o no saber, pero siem­pre debe hacer­se una idea: era un depar­ta­men­to sin olo­res a comi­da y había una pelu­ca color rosa. Para ver más, pen­sé en com­prar un sis­te­ma de espe­jos encon­tra­dos, pero los voye­ris­tas no juga­mos chue­co: esta­mos más cer­ca de los cela­do­res, de los chis­mo­sos y, cla­ro, de los que bus­can satis­fac­ción sexual. No quie­ro qui­tar­le méri­to a los que se mas­tur­ban espian­do a sus per­so­na­jes, pero me pare­ce que eso es otra cosa. El voye­ris­ta hace mapas, reco­rri­dos; nos debe­mos a ellos, nues­tra vida dia­ria se acom­pa­ña de una mane­ra muy espe­cial, nues­tros relo­jes se sin­cro­ni­zan, giro alre­de­dor de mis seres.

Los ver­da­de­ros voye­ris­tas no somos delin­cuen­tes. Somos obser­va­do­res, toma­mos al otro y lo hace­mos nues­tro; las pare­des, las ven­ta­nas y los baños son nues­tros por­ta­les. Es un asun­to de arqui­tec­tu­ra clá­si­ca: uti­li­za­mos los mate­ria­les para cono­cer a nues­tros personajes.

Podría­mos decir que hay obse­sión y una vida pobre, ¿por qué dar­le esa impor­tan­cia a esta familia?

Deci­dí dejar­los, aban­do­nar cier­tas incer­ti­dum­bres, tenía mi oído y mis espa­cios, mis este­tos­co­pios de made­ra, de vigas, nun­ca fue­ra de mi sitio, de mi lugar de adve­ni­mien­to. Yo no tenía el medio para ver­los, los bino­cu­la­res, herra­mien­ta tan váli­da, ojos atra­gan­ta­dos, pen­sa­ba. El acer­ca­mien­to no es deli­to, es un dere­cho, los ojos deben tener acce­so a las lupas. Acep­té enton­ces que el voye­ris­ta siem­pre se pier­de de algo, y eso es par­te de lo que algu­nos lla­man ero­tis­mo, per­der los deta­lles de la inti­mi­dad. Esto es un hábi­to de ima­gi­na­ción y persistencia.

Me ima­gino que las pelu­cas tie­nen un sen­ti­do. Escu­ché ayer: «las cosas no deben ser como tú quie­res, hay que escon­der­se». Me ima­gino que la madre quie­re hacer­se pasar por otra per­so­na, pero ¿a quién se le ocu­rri­ría un color tan llamativo?

Yo no soy muy de ideas cons­pi­ra­to­rias, con­fío en la lite­ra­li­dad de las ver­sio­nes ofi­cia­les: una pelu­ca rosa es una pelu­ca rosa. Tam­bién escu­ché: «lo que pasa con­ti­go es que no tuvis­te juven­tud, por eso aho­ra lo quie­res todo», y lue­go «nun­ca has vis­to fotos mías de joven ni las verás». De repen­te todo se vol­vía una mane­ra de enten­der el obje­to, trans­cri­bía las con­ver­sa­cio­nes e inten­ta­ba encon­trar solu­cio­nes, «tu madre te arrui­nó la vida».

Vivo solo, creo que es impor­tan­te decir­lo. Me gus­ta tener mis pasa­tiem­pos, aun­que a veces es difí­cil hablar de ellos. No me con­si­de­ro un espía por­que no inten­to des­cu­brir algo; bus­co la satis­fac­ción de saber­los vivien­do, sus movi­mien­tos, sus volú­me­nes de voz, sus tareas, sus insó­li­tas des­apa­ri­cio­nes, las cua­drí­cu­las en sus depar­ta­men­tos, sus espa­cios. Por­que el espa­cio pri­va­do es el más pre­cia­do, la seño­ra sen­ta­da en un sillón fuman­do mien­tras obser­va, frus­tra­da, su casa. Sí, los voye­ris­tas sabe­mos eso, cono­ce­mos las emo­cio­nes de los per­so­na­jes en silen­cio, sus avis­ta­mien­tos, sus ren­co­res; en eso se basa el ver­da­de­ro sen­tir de un soli­ta­rio: en absol­ver las plá­ti­cas y enten­der los momen­tos a solas.

A veces me pre­gun­to si para ellos soy un inte­gran­te más, si escu­chan mis pasos, siguién­do­los, cau­te­lo­so. Mi queha­cer no les afec­ta en nada, entro­me­ter­se es pasear­se por mi habi­ta­ción. No hay cul­pa. Siem­pre tene­mos enig­mas, por ejem­plo la pelu­ca rosa. Nun­ca escu­ché nom­brar­la, sé que es algo que ten­drá que vivir en mí, un deta­lle insig­ni­fi­can­te que me hace per­ma­ne­cer en esa fami­lia. Nun­ca deja­ré de pen­sar en esa pelu­ca rosa que lle­vó el papá a su casa un miér­co­les por la mañana.

Fal­té a mi regla sagra­da y en un momen­to en el que salie­ron for­cé la cha­pa de su depar­ta­men­to. Fue un ali­vio saber que la casa lucía tal cual la había ima­gi­na­do. Reco­rrí los cuar­tos con orgu­llo y des­tre­za, entré por la coci­na has­ta el cuar­to de ser­vi­cio y encon­tré a una ancia­na que me vio sor­pren­di­da. Ape­nas pudo reac­cio­nar ante mi apa­ri­ción. Regre­sé a la sala, enlo­que­ci­do. ¿Cómo era posi­ble que se me hubie­ra esca­pa­do un miem­bro de la fami­lia? ¿Por qué no habla­ban de ella? No pude con tal enga­ño, con tal des­pres­ti­gio, así que regre­sé al dimi­nu­to cuar­to y la estran­gu­lé. Me que­dé calla­do, sin remor­di­mien­to, me sen­té en su cama, reco­rrí su cuar­to enig­má­ti­co, des­co­no­ci­do y vi lo que pre­ci­sé en aquel momen­to como una pelu­ca: era estam­bre con el que la ancia­na había hecho unos recua­dros que con­for­ma­rían una cubrecama.