Cabina

#1

Hom­bre en Ban­gla­desh, W. H. O., Stan­ley O. Fos­ter M.D., M.P.H, USCDCP

La pri­me­ra vez que escu­ché con cla­ri­dad el can­to de los pája­ros fue una maña­na en que pen­sé me esta­ba que­dan­do sor­do. Recuer­do estar sen­ta­do en un jar­dín y sen­tir los oídos ador­me­ci­dos, en un esta­do de paz extra­ña, vien­do árbo­les, escu­chan­do con el cuer­po; el pul­so de mi san­gre, la res­pi­ra­ción, sin más rela­ción con el mun­do que la que pudie­ra per­ci­bir mi mano mien­tras pasa­ba la pal­ma por el pas­to. Sor­do.

Recuer­do tomar un pali­to e inser­tar­lo con fuer­za en el oído que sen­tía más dor­mi­do. Recuer­do un crack y des­pués escu­char a muchí­si­mos pája­ros can­tan­do; vol­tear hacia arri­ba y ver que en la copa de los árbo­les que me rodea­ban había una par­va­da ale­tean­to y chi­llan­do. El mun­do no deja­ba de sonar en mi cuer­po, pero al mis­mo tiem­po sona­ba por su cuen­ta y se tra­du­cía en mí. Escu­cha­ba.

Una cabi­na se vive des­de la sor­de­ra pro­pia y la escu­cha de uno des­de aden­tro, reco­no­cien­do que el mun­do sue­na por su cuen­ta.

#2

En casa ten­go una foto que me gus­ta. Es de un perro miran­do al mar (o a un atar­de­cer en el mar). No podría decir que ve algo en par­ti­cu­lar. Sólo espe­ro que pue­da ver, y sin duda pue­do decir que está inmó­vil fren­te a las olas. Hay algo muy sono­ro en la ima­gen. Pero no es algo defi­ni­do. Es algo que sue­na, pero no se escu­cha.

Cuan­do me sien­to fren­te a un micró­fono, antes que nada, cie­rro los ojos y me fro­to las manos. Antes de escu­char a mi piel des­gas­tar­se con­tra mi piel, pien­so en otro momen­to. En ese perro fren­te al mar, o a lo que sue­na esa ima­gen en mi cabe­za. Y des­pués escu­cho con cla­ri­dad las pal­mas de mis manos sisean­do, como si fue­ran dos vie­ji­tas hablan­do una len­gua que no entien­do, pero escu­cho.

Una cabi­na exis­te lejos de la comu­ni­ca­ción;

sin embar­go cer­ca de la ilu­sión de su posi­bi­li­dad.

#3

La pri­me­ra vez que estu­ve entre cua­tro pare­des con algo muer­to supe de qué tra­ta­ba el silen­cio. Era un ani­mal gran­de. Yo lo que­ría. Vivía en un cuar­to pro­pi­cio para su talla, jun­to a mi casa de la infan­cia. Yo, peque­ño, podía entrar en su habi­ta­ción sin pro­ble­ma. Un día esta­ba acos­ta­do res­pi­ran­do sono­ra­men­te, des­pués se que­dó calla­do. Yo esta­ba sen­ta­do a su lado.

La mis­ma sen­sa­ción que tuve esa tar­de jun­to a un ani­mal muer­to que mos­tra­ba los dien­tes la revi­ví años des­pués al ver una vitri­na que pro­te­gía un ins­tru­men­to anti­guo. Era uno de esos mamo­tre­tos inmen­sos, segu­ra­men­te asiá­ti­co, o de una épo­ca en la que la lepra y el diez­mo eran la ley. Entre cua­tro pare­des, un ani­mal muer­to o un ins­tru­men­to musi­cal sus­pen­di­do. Y el silen­cio.

El silen­cio, en una cabi­na, no es ausen­cia sino acen­to.

Una cabi­na exis­te lejos de la comu­ni­ca­ción;

sin embar­go cer­ca de la ilu­sión de su posi­bi­li­dad.

#4

Algu­na vez tuve la for­tu­na de ver en vivo a Evan Par­ker. Fue revo­lu­cio­na­rio en muchos nive­les. Pero de ver­le no hay tan­to que con­tar: es un músi­co. Escu­char­lo era otra cosa. Sin embar­go, la sen­sa­ción la ten­go ancla­da en la vis­ta. «Ver a Evan Par­ker». En ese sen­ti­do, el soni­do se que­da lejos, y uno pre­fie­re asu­mir que se vivió.

Algu­na vez tuve la mala suer­te de ver en vivo a Michael Bre­ker. Recuer­do poco o nada. Podría ase­gu­rar que algo sonó esa noche, pero no se vio nada. Mi memo­ria se pier­de en la nomen­cla­tu­ra: tener un bole­to, per­der­lo des­pués. Yo vi a Evan Par­ker, pero Michael Bre­ker fue invi­si­ble.

Una cabi­na tien­de a la invi­si­bi­li­dad. Pero bien eje­cu­ta­da pro­du­ce visión en su vibra­ción.

#5

Nun­ca lo he enten­di­do muy bien, pero hay eda­des para apren­der algu­nas cosas. Apren­der a cami­nar, a usar el baño, a nadar, a leer. En mi escue­la, o en una de ellas, había una mesa apar­ta­da del res­to del gru­po en don­de se sen­ta­ban los niños len­tos que aún no sabían leer, mien­tras el res­to de la cla­se pro­se­guía con su desa­rro­llo. Yo esta­ba en esa mesa.

No sé muy bien qué hacía­mos los len­tos. Si dibu­já­ba­mos, o nos veía­mos a las caras, o sólo entrá­ba­mos en un capu­llo de ver­güen­za. Pero recuer­do lo que fue salir de esa mesa, regre­san­do de unas vaca­cio­nes en que mi madre no se levan­tó de otra has­ta ense­ñar­me a leer. Lo curio­so es que recuer­do la noche en que leí por pri­me­ra vez, en voz alta, bajo una luz ama­ri­lla, con mi madre al lado. Yo escu­cha­ba mi pro­pia voz des­de otra mesa.

Una cabi­na es el recor­da­to­rio de que la voz exis­te has­ta ser escu­cha­da.